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Mi amiga Elda me preguntó si yo quería guiarles, eran Madre
e hija amigas de ella, yo acepté; ascendimos a ambos macizos, nos
deleitamos con ambas vistas, con la historia natural circundante, con
las fresas del Poas, con las narraciones y anécdotas de nuestra
historia patria, entre esas historias recordé a dos grandes naturalistas
que incrementaron en gran medida el conocimiento de nuestra flora, fauna,
geografía y hasta la etnología incipiente de mediados del
siglo XIX, me refiero con cariño y admiración a Henri Pittier
y Charles Hoffmann
No
es mi afán narrar en estas pocas líneas sus biografías,
para ello recomiendo en el caso de Pittier el libro: Henri Pittier presentado
por Adina Conejo, y el de Hofmann por Carlos Melendez.
Mi
intención es en cambio fusionar el tiempo, anexar dos momentos
separados en el tiempo por algo más de cien años.
Ronald
Reyes, legendario chofer del gremio de turismo naturalista nos conduce
por entre calles que recorren la campiña Costarricense en continuo
ascenso.
El
frío viento comienza a calar y cierro un poco la ventana del vehículo,
termino de incorporarme el abrigo, el equipo óptico, sombrero,
agua, etc. Llegamos a la entrada del parque, el encargado, un joven amable
y solícito registra nuestro ingreso y cobra la tarifa, a continuación
la caminata hacia el cráter hace que mi nariz se enfríe
y los dedos se entumezcan, minutos después nos encontramos ante
el formidable cráter.
Embelesado,
una vez más por la escena, evoco los viajes de Hofmann, sus narraciones
de senderos cerca del volcán por donde los jaguares migran hacia
Tortuguero en la época del desove de las tortugas.
Lo
imagino cargando su equipo, barómetro de mercurio, catalejo y sextante,
libreta de anotaciones y brigada de mulas y campesinos asistiéndolo
en su proceso de identificar, descubrir nombrar y clasificarlo todo: flora,
fauna, geología, gentes y sus costumbres.
Hofmann
fue un medico naturalista Alemán que se enamoró de este país,
de la biodiversidad y su gente.
Cuando
la campaña contra Walker y los filibusteros, al desatarse la epidemia
de cólera, Hofmann se dedicó de lleno a curar enfermos hasta
fallecer aparentemente de agotamiento.
Varias
especies fueron nombradas en su honor, el pájaro carpintero de
Hofmann (Melanerpes hoffmannii) y el perezoso de dos dedos (Choleopus
hoffmannii) para mencionar solo dos.
Respondo
a las preguntas que me hacen mis pasajeros y sigo como embriagado por la
falta de oxigeno. Pienso en Hofmann, pienso en Vivian, en su familia y en
la mía, en todos los costarricenses que hemos sido tan dichosos,
que nos hemos acostumbrado a las miles de bendiciones con que la providencia
nos ha colmado, y en cómo, por este motivo, es muy probable que suframos
muy pronto de una catástrofe silenciosa, calladita, pero no por ello
menos grave: la extinción.
Imagino
a Hofmann a mi lado comentando lo grave de la situación, lo imagino
intentando salvar otra vez al país, esta vez luchando no contra
el cólera, sino más bien luchando contra la ignorancia,
la desidia y la inercia de todos nosotros.
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