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Texto y Fotografías por Javier Martín

  Nota: Finalizando la edición de este artículo, falleció mi tia María Fernández Vaglio, a ella entonces dedico este artículo que paradójicamente celebra la juventaud, la vida, y menciona con paz... a la inexorable muerte.

Un año después
Un poco más viejo
Ellas un poco más grandes
Pasaron de ser amigas a enemigas y luego otra vez amigas
Alguna vez he escuchado a una decirle a la otra:
-“Vamos a demostrarle al viejo lo buenas que somos en la música”

Cuando caminan juntas por entre la Calle de la Amargura se paraliza el transito, dos beldades juntas es muy inusual y por demás perturbador para nosotros los hombres centauro.

Ensayamos la música y en un futuro cercano haremos una que otra presentación.

 

Las veo y disfruto su juventud, sus sueños de crecer y ser felices.
Disfruto sus rostros expectantes, sus risas y sonrisas, sus momentos de silencio y meditación, he secado sus lagrimas algunas veces, para siempre terminar viéndolas sonreír, una y otra vez vuelven, -cada una a su estilo y forma- a la lucha por alcanzar sus sueños, sus anhelos.

Las veo jugar con sus mentes, con su lenguaje corporal, las observo observarse, observo que me observan. Veo como tratan de capturarme con preguntas capciosas, algunos de mis amigos no lo soportan y huyen cuando ellas se juntan, son una mezcla de “mucho” con “demasiado”.

A veces ocurre que practican conmigo la lucha libre intelectual, cuando en el cuadrilátero mental nos hemos revolcado en el lodo del conocimiento, a menudo en un juego de dos contra uno, y ocurre que a veces alguno de mis amigos se mete, entonces le pican a este los ojos, le aplican la silla eléctrica y lo cierran a patadas voladoras, una vez saciadas sus inquietudes y curiosidad, se arreglan, se maquillan arrebatadoramente, se visten con sus trajes de vampiresas y tigresas y salen a explorar y divagar por entre los mundos nocturnos, en el mundo del glamour.

 

Pienso en los noveles muchachos centauro que probablemente caerán en sus garras esta noche, quizás sufran el cocimiento a fuego lento que suelen practicar solo por diversión, porque les encanta ver aflorar al centauro agónico en los hombres.

Río para mis adentros y pienso en la sabiduría de la vejez, bendigo mis cuarenta y escribo estas líneas para registrar los eventos históricos.

En la soledad de mi estancia, con la maravillosa vista de la arboleda, observo desde mi ventana a uno que otro transeúnte que se desdibuja entre la bruma nocturna de un Mayo lluvioso, con lentitud tomo un sorbo de café antes de continuar mi labor, y recuerdo a mi amada que se fue hace poco más de un año y una lagrima recorre mi mejilla, la seco con mi mano libre y sonrío, porque el dolor se puede traducir en paz con solo permitir la aceptación de la perdida, por mucho que duela, el luto es parte de mi.

Y así en medio de una vida prolija y llena de bendiciones, las vidas de quienes me rodean, en este caso mis bellas amigas discípulas, con su belleza y lozanía, con su juventud rebosante de esperanzas e ilusiones, me recuerdan que el tiempo fluye, que tarde o temprano moriré y quizás este sitio permanezca como un testigo fiel de lo que fue mi vida, nuestras vidas, e imagino la vida continuar al pensar que ellas hacen que el sitio permanezca, una vez que yo haya partido hacia el más allá.

 

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