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-“¿Tenes fuego?
Ella se lo alcanzó, él encendió el cigarrillo, inhaló una bocanada y se quedó mirando el cielo raso. Acababan de amarse, ella estaba recostada en su pecho, hacía pocos días lo había abandonado por enésima vez, eran tantas que ya había perdido la cuenta, pasado el arrebato de un orgasmo apasionado, el doloroso silencio volvió a instaurarse en ellos, pese al acuerdo tácito de no hablar del tema, la verdad es que el asunto quemaba el pecho de ambos, o solo en el de él, pues ya no podía dar fe de las palabras de ella. Luego de unos años de mentiras, verdades a medias, abandonos inexplicables y manipulación continua, había terminado por comprender que ella, el amor de su vida, era una perfecta extraña para él, incomprensible, alguien a quien amó con ardor, dedicación y abnegación, para luego entender que iba a ser desechado una y otra vez ante el menor embate de la vida cotidiana.

En el quicio de la puerta pudo ver de pie e impávido, al soldadito de plomo con cara de angustia, con su casaca imperial roja, su fusil al hombro y la ausencia de una pierna.

La discusión, mejor dicho el monólogo de él inició otra vez más, intentando con palabras resolver el conflicto, pero algo muy profundo dentro de sí había muerto, la credibilidad en ella, y con ello el respeto y la dignidad hacia la persona, también habían desaparecido la voluntad de continuar y el deseo de comprender una secuencia de conflictos sin pies ni cabeza.

Con dolor soltó las palabras que sabía volverían a producir en ella el bloqueo mental que generaba el abandono definitivo, la transformación hacia su otra personalidad, la personalidad de hielo, de robot mecánico, y vomitó el dolor y el reclamo. Luego de ese capitulo ella volvió a desaparecer, dejándolo solo en medio del camino que conduce al infierno.

En la soledad de la casa pudo divisar al fondo del comedor, el soldadito de plomo viéndolo con tristeza.

-“Esta es la última vez, y no te permito más lloriqueos”. Le dijo con firmeza y mirada desafiante. El soldadito tornó su mirada al suelo y lloró en silencio. Pasó el resto de la semana con el lobo, acariciándolo con profunda tristeza, el lobo comenzó a aullarle a la luna para que la regresara, durante varias noches los aullidos podían escucharse en la calle de la amargura.

El carnaval de mascaradas inicio su procesión, el saltimbanqui, el tragaespadas y la mujer barbuda llegaron a visitarlo, con su buena voluntad, con la comprensión que les otorga el ser fenómenos, monstruos de circo que entretienen al populacho. Lo regañaban con dulces palabras, como queriendo exorcizar a la malvada, a la bruja que te ha hecho esto y recordá que te lo hemos dicho una y mil veces, que ella no es mala persona, pero que su mundo y el tuyo no se conectan, que no se puede amar y conservar lo efímero por mucho empeño que se ponga, y aquí Tragaespadas te trajo un postre para que te sintás mejor, y no llorés, porque si no nosotros también lloramos, -“sana sana colita de rana, ponéte un huevito para mañana”. Y andá vos tragaespadas y calmás al lobo que si no va a despertar a todo el vecindario con sus aullidos.

Hace ya un tiempo de esto, el lobo se cansó de aullar, en su mundo canino sale de vez en cuando a investigar y recolectar indicios y pistas del mundo, pero sin prisa ni premura, ya que en el jardín de las delicias las flores están cada vez más hermosas, sus colores más intensos y sus aromas más fragantes.

De la pobre mujer ya casi nadie se acuerda, a veces es tema de sobremesa, especulando los personajes sobre cual será su paradero, sobre su mundo de autoengaño y confusión, y al final todos teníamos en el rostro la típica sonrisa que más o menos decía: -“Pobrecita la sirenita, tan buena pero tan perdida en su oscuro mar de falsedad”. Y procedíamos a servir el aromático café luego de tan opípara cena, hasta en una próxima sobremesa en que talvez por accidente volveríamos a recordarla.

A veces, si se tiene cuidado y sensibilidad, algunos podrán ver en medio del bullicio de la calle de la amargura, la triste figura de un soldado de plomo cojeando, utilizando su fusil como muleta, con su flamante casaca roja imperial, botones de oro, su bota impecablemente lustrada y una cara de tristeza ya que no tiene a quien servir.

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