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Hallábame caminando una alegre mañana veraniega, por entre el placido cauce del rio Madrigal en el parque Nacional de Corcovado, iba sin rumbo definido, imaginando hallar una pepita de oro en el camino, ya que este río es famoso por su abundancia en pepitas de oro.

Súbitamente sentí la presencia de algo que hizo que mi vista se dirigiera al frente. A menos de tres metros, estático, un puma clavaba su mirada en mi.

Sentí que mi cuerpo, mi mente se embriagaban con una energía desbordante, mi sistema simpático había inundado mi cuerpo de adrenalina.

Sentí un ahogo, una confusión inmediata sobre qué hacer, en un instante revisé las opciones: correr, llorar, volar. Hoy suenan entupidas por supuesto, pero bajo esas circunstancias, todo ocurre tan rápido, de alguna forma alcancé a analizar prontamente que permanecer quieto era una opción que estaba ocurriendo de por si, entonces acaté lentamente tomar mis binoculares para observar los detalles mas significativos: iris, bigotes, las fauces se abrieron, sentí que se erizaba otra vez el pelo de mi nuca.

Frente a mis binoculares pude observar el paso lento y cuidadoso de tres cachorros. Esto realmente me hizo temer un ataque, mas a la vez pude entender que si habíamos llegado hasta ese momento sin ataque, simplemente permanecer paralizado seguía siendo una opción.

Los cachorros pasaron, una mosca chupadora de sangre estaban torturándome una pierna, al mover la pierna para espantar a la mosca, la puma hembra huyó.

Me senté en una roca a relajarme, cuando detrás mío la foresta se agitó y un sonido de persecución se pudo distinguir claramente, casi muero del susto, creí que el puma volvía por mi, pero aparentemente era una persecución pero no hacia mi, talvez hacia un zaino o chancho de monte. Tampoco sabré si era la misma puma la que hacia esta persecución.

Hoy puedo decir con cierta autoridad que si se encuentra con un puma puede y quizás deba quedarse quieto. Y… buena suerte.

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