|
2004
Texto y Fotografías
por Javier Martín
La
luz temprana del día entraba por la ventana bañando su rostro
y despertándolo, afuera, mas allá del balcón, la
calle de la amargura lucía despejada y apacible, como cualquier
calle más, en pocas horas volvería ser la bulliciosa arteria
vehicular y peatonal hacia la Universidad de Costa Rica.
Era
un ritual cotidiano, al despertar, revisaba como estaba ella, la cobijaba
cuando necesario y luego hacia una inspección rutinaria: puertas,
ventanas, prender el fuego para chorrear el café, sentarse frente
a la compu para trabajar en el sitio Web, pensar y pensar para ordenar
las cosas, recordar un poco como sucedió todo…
18
años, un cuerpo escultural y un rostro encantador, la luz de las
6 de la mañana, y el mar caribe como fondo. –“Ahora
quedáte quieta un toque, si así”. La cámara
disparaba, ---“Una, dos, tres, así esta bien, veamos otra
pose”. Era casi una niña, dulce e ingenua, vulnerable, con
pajaritos en la cabeza, un futuro por delante y un absoluto desconocimiento
de lo despiadado del mundo al que iba a enfrentarse dentro de poco. Hilvanaba
estos pensamientos en su cabeza mientras enfocaba, corregía, disparaba
una y otra vez.
Un
calabozo en barrio México, por primera vez en su vida se hallaba
apresado, una ex esposa cobrando la pensión, el pingüe negocio
de la paternidad calculada, planificada para extraer del hombre un aparente
capital heredable, y ellos sin dinero, intentando surgir con un negocio
en Internet, en un país donde todos le temen al Internet, a la
falta del conocimiento de cómo se maneja, cómo se usa. En
su familia corren, un hermano sale hacia el banco a depositar. Del otro
lado de las rejas estaba ella, con su porte de modelo, sentada en una
humilde silla que el guarda le facilitó, pidió que le dejaran
entrar para acompañarlo, pero era contra el reglamento. Fueron
solo unas horas, luego, a los pocos días de este evento ocurrió
el desenlace.
La paternidad es un asunto de sentimientos más que de dinero,
se es un ser humano, ciudadano o individuo por el simple hecho de tener
padre y madre, pero ser persona es distinto, implica una responsabilidad
para con uno mismo, esto sucede al formarse un criterio propio, una visión
moral del mundo circundante, los niños están en formación,
no pueden desarrollarse por si mismos, requieren de una paternidad, un
modelo masculino que otorgue seguridad, confianza, estabilidad.
Ella era el vivo ejemplo de la niñez maltratada, parcialmente
abandonada, carente de modelo paternal. Fue un año de intenso trabajo
en su psique, en su autoestima, transcurrido el tiempo, sus alas crecieron,
comenzó a utilizarlas, al principio con renuencia, con temor de
volar , es por supuesto más confortable el calorcito del nido,
la confusión entre el amor de padre - hija y el amor de hombre
- mujer.
Un
rompimiento súbito de la relación fue el inicio de su verdadero
vuelo, el sentimiento doloroso de abandonar el nido, de sentirse otra
vez abandonada, fue sustituido rápidamente por el gozo de volar,
de poseerse finalmente como persona, de entender que su vida estaba apenas
iniciando, y que este hombre maduro que escribe estas líneas, fue
en realidad un buen sustituto de la paternidad perdida en la infancia
y un resorte para iniciar su vuelo, un padre para toda la vida si se requiere.
Ya ha pasado el tiempo, ella ahora es independiente en todas sus formas,
ocasionalmente, viaja hasta San José para visitar a su padre sustituto,
lo mima y lo cuida, pero luego, retoma su vida, su pareja del momento
y vive su propia historia, sin censura previa, sin más regulaciones
que las que impone su moral bien construida.
Mientras
tanto, el hombre maduro que escribe estas líneas vive tranquilo
su vida en la soledad de su pequeño apartamento en San Pedro, escudriña
constantemente las señales del tiempo, explora sus diferentes mundos,
edita en su sitio en Internet, fragmentos de su pasado rico en vivencias
y anhela… seguir amando hasta el fin de los tiempos.
|