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Buscando en los anaqueles de nuestra historia divagaba en cómo ilustrar con imágenes significativas, las palabras de introducción al libro que escribiera el filósofo Cosntatino Láscaris titulado “El Costarricense”. Editorial Universitaria Centroamericana.

Luego de mucho revisar y analizar opté por presentar las imágenes de otro libro prologado, compilado y traducido por Anita Ohlsson de Formoso que reúne las investigaciones arqueológicas de Carl V Hartman hechas en Costa Rica, el libro se titula: “Carl V Hartman. Arqueología Costarricense (Textos publicados y diarios inéditos)”. Editorial de la Universidad de Costa Rica.

La fusión entre las imágenes de uno y las palabras del otro libro, creo que es adecuada toda vez que esboza de ambos, extractos que son en alguna medida representativos de nuestra cultura e idiosincrasia.

Es importante advertir que cronológicamente el texto no corresponde con las imágenes, estas son de finales de siglo XIX y principios del siglo XX, mientras que el texto, es la introducción a un libro que el maestro Láscaris publicara a principios de la década de 1970.

Javier Martín
Editor CalleAmargura.Com

"El Costarricense" por Constantino Láscaris

Con imágenes tomadas del libro: "Carl V Hartman. Arquelogía Costarricense" Compilado, prologado y traducido por Anita Ohlsson de Formoso

Prólogo

¿Debo justificarme por escribir un libro sobre el país en que vivo? Me temo que sí, aunque no sea mas que para prever dos posibles malentendidos, ambos molestos. Ni quiero halagar a los costarricenses, ni deseo que se me molesten todos.

Llegué, hace dieciséis años, a Costa Rica, prácticamente al azar. Contratado como profesor por la Universidad de Costa Rica, solo tenia tres informaciones: que la capital se llamaba San José (y hasta ahí llegaba lo que aprendí sobre este país en mi Enseñanza Media); la palabra Costa Rica de la Enciclopedia Espasa-Calpe; y algunos datos de palabra de mi buen amigo Luis Barahona, entonces Agregado Cultural en Madrid. Con estas bases, mientras cruzaba el Atlántico en avión, me sentía seguro de mis conocimientos. Cuando llegue a San José. .. me enfrente con el hecho de que tales conocimientos eran sin base, incompletos y referidos a otro mundo.

Poco a poco, me di cuenta de que mis lecturas y conversaciones habían sido, además de escasas, inútiles. Desde el otro lado del Atlántico, la imagen de un Caribe tropical absorbía todos los datos en un contexto falsificador. Hubiera acertado si Costa Rica se redujera a la costa atlántica.

De un extremo, en meses, pase al otro extremo. Me definí, para mi uso particular. Costa Rica como unas Islas Canarias que estaban un poco más lejos. Clima y población me justificaban. Yo había sentido mayor sensación de cambio pasando de Aragón a Cataluña, que de España a Costa Rica.

A lo largo de tres anos, trabajé en este país, hice amigos, viaje mucho, pero siempre dentro del Valle Central o a Puntarenas. Y el país me gustó. Mejor dicho, me sentí a gusto. Me desagradan las urbes millonarias, con masas de gentes a horas fijas. Me gusta la naturaleza,
el ver hierbas, matojos y árboles. Como soy pequeño, flaco y débil, soy fanático del respeto físico a la persona humana... Amo la convivencia. Y seguí viviendo en Costa Rica. Mi oficio era, y es, hablar, y los estudiantes costarricenses me soportaron. Por deformación profesional, escribí un grueso volumen titulado "Desarrollo de las Ideas Filosóficas en Costa Rica", que se publicó en
1965, y en el que demostré que Costa Rica había estado llena de filósofos. Y cuando llevaba trece años viviendo en el país, solicite mi naturalización, pues me di cuenta de que incluso a mi se me olvidaba ya que era extranjero.

Pero en esos años cambió en mucho mi actitud. Empecé a viajar por el país, y ya no solo por el Valle Central. Me llegué hasta sus dos fronteras y sus dos mares. Descubrí docenas de playas maravillosas, torrentes que se convertían en ríos majestuosos, pequeñas ciudades pioneras en la expansión demográfica, campesinos corteses y honrados, y, sobre todo, por todas partes, montanas abruptas, con valles de pendientes fértiles y empinadas.

Y fui conociendo a los costarricenses, no ya solo a través de sus libros, ensayos y discursos (como cuando prepare aquel libro), sino en la vida cotidiana, día a día. Y Se fueron ganando mi respeto y mi consideración. Y comprendí el porqué de una comunidad vivible. Y por eso, por decisión libre de mi voluntad, solicite llegar a ser costarricense.

En el mundo es muy raro encontrar una comunidad humana en la que haya, a la vez, libertad y convivencia. Las hay, pero escasean desgraciadamente. Costa Rica es una población cuya vida en común consiste en respetarse mutuamente. Y esto me gustó.

Y ahora, al cumplir los dieciséis años en este país, me he puesto a colocar por escrito mi opinión sobre el costarricense. No he escrito ni de Historia, ni de Economía, ni de Sociología, ni de Etnología, ni de Filosofía. Desde cada una de esas especialidades (y sobre todo desde la Lingüística) temo que seré excomulgado. No he pretendido respetar la ortodoxia de ninguna ciencia. Simplemente he recogido las meditaciones de mi mente viendo y escuchando a los costarricenses. Muy a menudo, en tertulia, he opinado, para ver las reacciones. Modestamente, diré que he pretendido escribir un ensayo, es decir, que solo me responsabilizo de la buena voluntad.

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En este libro parto de una verdad de hecho, es decir, de una afirmación que señala o recoge un hecho. Es, por tanto, indemostrable. Es solamente mostrable. Y consiste: el costarricense ha desarrollado una colectividad socio-política sobre las bases de la libertad individual y de la convivencia.

Para estudiar este hecho no utilizare los textos de las Constituciones promulgadas, ni los códigos, ni los discursos presidenciales de toma de posesión, ni los tratados internacionales, etc. Con ese tipo de fuente, se concluye necesariamente la misma afirmación de cualquier país. En nuestra época, en el papel, todos son demócratas, todos realizan la libertad y todos están al servicio de la persona humana. Pero a mi no me interesa ahora la hojarasca, c, para hablar en términos a la moda, las superestructuras. Me interesa la realidad cotidiana. Y en el plano de las realidades, en mi modesta opinión, no llegan en la tierra a las dos docenas los pueblos o países en que se da la convivencia en la libertad.

Por eso, considero que el caso de Costa Rica es un caso raro. Raro por poco frecuente, y raro porque es vivido por los individuos y no como consecuencia de una imposición desde lo alto.

Por consiguiente, mi criterio es tratar de exponer la realidad cotidiana y no las superestructuras. Estas son resultados miméticos de doctrinas vehiculadas por los libros. Su estudio es interesante, pero no lo acometo ahora.

Cuando he tenido información sociológica o económica, la he utilizado. Pero, lo reconozco, mas bien como termino de comprobación, que como punto de partida.

Considero que el ser extranjero educado en otro país hasta la edad adulta, me ha dado ventaja para esto, sobre los costarricenses de nacimiento y educación, pues me ha dado perspectiva para poder apreciar lo cotidiano. Es un hecho bien sabido que lo que uno ve todos los días, no lo ve. Está integrado en el mundo circundante, sin perspectiva. Para ver, es necesario extrañarse. En las páginas que siguen va el resultado de mi extrañeza.

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Este libro no es una radiografía del costarricense. No se manejar los aparatos de Rayos X. Además, me temo que en una radiografía solo se le verían los huesos. Y no me interesan. Prefiero la carne.
Pretendo describir al costarricense en carne viva. En su conducta colectiva, en el idioma que habla a través de cada uno de los costarricenses. En las convicciones vividas sin pensarlas.

Es mucha pretensión. Por tanto, predestinada al fracaso. Pero esto no me ha arredrado en ningún momento. EI único éxito al alcance de la mano es el fracaso a sabiendas. Si por desgracia algún costarricense se reconociera totalmente en todo lo que he escrito, el fracaso mío llegaría al colmo.
Pretendo describir el costarricense, y no uno o varios costarricenses. Y como el costarricense solo se da en los costarricenses, daré la imagen del costarricense que he abstraído desde los costarricenses que he conocido. Es decir, he generalizado conductas particulares cuando me ha parecido que respondían a modos colectivos de conducirse.

Como en otros de mis libros, debo dar las gracias a muchas personas por haberme ayudado. Especialmente, los amigos que, en tertulia, han soportado mis preguntas o mis hipótesis; o que han aceptado leer los borradores. Acepten aquí colectivamente mi agradecimiento.
En todo caso, el culpable de este libro es el escritor salvadoreño Italo López Vallecillos, que me dio la idea de escribirlo.


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