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La Próxima vez que te vea
Del libro "Cuentos Tropigóticos", editado por la Universidad Autónoma de México y Ganador del Premio Aquileo J Echeverría en la rama de cuento 1997

José Ricardo Chávez

-Mire, don Luis, yo le prometo que apenas pueda le pago los alquileres atrasados.
Déme más tiempo, por favor. Es que, ¿sabe usted? Últimamente me ha ido muy mal,. No he podido conseguir trabajo desde hace cuatro meses, cuando me echaron por el asunto aquel de la huelga. No, don Luis, no crea que es deshonestidad, de mi parte. Lo que le digo es cierto, no tengo ni un peso partido a la mitad. Con decirle que esta última semana la hemos pasado solo de milagro y, para colmo de males, mi mujer se enfermó y no ha podido vender lotería, que es con lo que veníamos defendiendo. Y se enfermo de veras, nada de resfriados o dolores de cintura.

Por favor, don Luis, ¡otro tiempito más! total que usted no se va a morir mañana porque no le pague hoy. Por favor, don Luis por favor…

Un silencio tenso siguió a la suplica de Carlos. Su mirada, su angustia, llenaban el interior del cuchitril que tenía por morada. Paredes empapeladas con viejos periódicos, dos catres desvencijados con cuatro niños encima, cuyas edades sumadas apenas llegaban a quince años. Las palabras que pronuncio don Luis se clavaron como dardos en Carlos:
-Lo siento, amigo. Ya te he dado mucho tiempo. Se que tu situación es difícil, pero yo no puedo hacer nada. Si a todos mis inquilinos les hiciera caso -pues te aseguro que no eres el único que con problemas seria, quizás un santo más no un empresario. Y a mi Carlitos, me interesa seguir siendo esto ultimo. Así que si la próxima vez que te vea no me pagas…

El hombre no quiso terminar la frase. No era necesario. Ya Carlos había visto a más de un inquilino tirado a la calle por no pagar. Don Luis dio una última chupada a su cigarro mentolado para luego lanzarlo al suelo. Se levantó del banco en que estaba sentado y se dirigió a la puerta. Antes de abandonar la habitación agregó:
-¡Ah!, te advierto: esa próxima vez que te vea no esta muy lejos no esta muy lejos, puede que sea manan… o pasado…

Los primeros minutos de que don Luis se marchara fueron dignos, mas que de Carlos, de un zombi. Pensó en Lupe, su mujer, que se encontraba en un hospital de caridad, en los múltiples intentos fracasados por obtener trabajo. Miro a sus hijos que dormían, ignorantes de su incierto futuro. Por ultimo se descubrió llorando, pero de inmediato reprimió el llanto y se quedo cavilando en su habitación penumbrosa. Recordaba las palabras de don Luis: ¨ La próxima vez que te vea…¨; le martillaban la cabeza. "La próxima vez que te vea". "La próxima vez que te vea". Las oía una y mil veces las oía. Crecían, cada vez mas fuertes, cada vez mas temibles. Las horas pasaron. Ya iban a dar las dos de la madrugada.

Oculto entre las sombras de las casuchas, Carlos aguardaba en el callejón, sabia que, como casi todas las noches, don Luis Pasaría por ahí. Tenia que pasar. Si. Si. No podía ser que precisamente esa noche no pasara. Carlos esperaba mientras seguía oyendo aquellas palabras que palpitaban: ¨ La próxima vez que te vea…¨ Carlos al acecho, Carlos y una cuchara.

Oyó unos pasos, don Luis Se acercaba. Borracho, iba a terminar la noche en el cuarto de alguna de las mantenidas. Carlos escuchaba cada vez los pasos mas cercanos, levantándose del fango y volviendo a el, azuzándolo para que realizara lo que había decidido hacer. ¨ La próxima vez que te vea…¨ las palabras y los pasos. Las palabras y la cuchara. Las palabras y el fango. Todos conjurados.
Cuando ya estuvo a su alcance, Carlos salio de su escondrijo rápidamente y mientras tomaba a don Luis por el cuello con uno de sus brazos, con la otra mano saco, con ayuda de la cuchara, el maldito par de ojos que, en la próxima ocasión lo habrían visto. Las bellotas cayeron en el barro, en ese lodo rojizo en que se asentaba el enorme caserío. Carlos corrió. Un gato negro lo vio pasar desde uno de los tejados. El atacante escapaba iba cortándola neblina nocturna mientras que atrás don Luis quedaba en el suelo, de rodillas, gritando de dolor, ciego y mirando por unos ojos sangrantes y sueltos.

 

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