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Rafael Angel Herra Tomado del LIbro "El Otro Laberinto" de Alvaro Zamora (Compilador). Editorial Tecnológica de Costa Rica. I. Paraíso y catástrofe Muy pronto, sin embargo, en la historia europea, ya no se trata de encontrar el Paraíso, sino de hacerlo. El estereotipo se transforma con Occidente mismo. En realidad lo imaginario se va convirtiendo en empresa, más que en descubrimiento; y esta empresa es la Conquista. La Conquista no se agota como concepto en el nuevo mundo. Conquistar es dominar, destruir e imponer a otros la propia idea de hombre. El requerimiento es el primer gran modelo de la forma occidental moderna de conquistar y expandirse, y se define por la auto percepción europea de una superioridad rectora frente al indígena, basada esencialmente en la diferencia que marca el cristianismo. Asumirse en posición superior desde el comienzo imprime cierta (pseudo) legitimidad a la Conquista y facilita las coartadas éticas a la violencia inherente al acto de conquistar. Coincide con esta tradición la idea del hombre universal, es decir la idea de que el concepto hombre es el que define universalmente a todos los hombres (ejemplos: el hombre griego frente al bárbaro, en Aristóteles; la razón en Descartes, el ser racional en Kant, el espíritu absoluto en Hegel, el tecnántropo de la era industrial moderna frente a los pueblos en desarrollo). Considerándose portador de los instrumentos de producción
del Paraíso, el hombre universal conquista, somete, es decir reprime
las diferencias de quienes no responden a su imagen especular. En esto
se apoya la legitimación del expansionismo occidental moderno. La obsesión del Paraíso y la conquista van de la mano. EI campo de concentración, el gulag, la limpieza racial, pureza ideológica, son sus variantes mas evidentes. Pero hay otra versión generalmente muy prestigiosa entre el público. Me refiero al impulso occidental de la conquista de la naturaleza. Conquistar la naturaleza es adaptarla al hombre universal por medio de la técnica y la ciencia, en las que pretende ver, desde hace mucho tiempo, los signos de su superioridad y la legitimidad de su expansión.
II. Trascender la naturaleza. En los tiempos de la Conquista española de América, la auto percepción de la superioridad europea se apoyaba en e1 cristianismo y no en medidas de comparación tecnológica. A partir del siglo XVIII la referencia religiosa perdió importancia en beneficio del aparato técnico-científico. Después de la segunda guerra mundial aumenta la confianza en la premisa de que existe una estrecha correspondencia entre la realidad extrema y la manera occidental de pensar. Curiosamente esta correspondencia de pensamiento y realidad extrema rige la actividad científico-tecnológica occidental, que se ha impuesto mundialmente. EI modo occidental de relacionarse con la naturaleza es el modo dominante. Si algo queda de las fantasías del Paraíso es la promesa del aparato científico-tecnológico como mediador entre hombre y naturaleza y la confianza en un progreso sin límite de esta mediación.
La naturaleza, en esta tradición bíblica, es objeto de apropiación, extracción y explotación máxima y no algo vivo y sujeto de obligaciones. No es la casa propia, compañera amada, sino cosa útil o simplemente generadora de fuerza física. De ello se ha encargado, cada vez más y con mayor rendimiento, el aparato científico- tecnológico.
¿Puede decirse, sin mas, que la humanidad es trascendente a la naturaleza? (¿No es mas bien otro drama al que asistimos?
Si el mundo actual no corrige la forma de relacionarse con la naturaleza, no habrá esperanzas de sobrevivencia. Si seguimos creyendo orgullosamente que el hombre esta más allá del orden natural, todo lo hecho hasta ahora será vano. Antes de que sea demasiado tarde; es preciso acabar con este autoengaño narcisista. El ser humano no trasciende a la naturaleza ni vale más que el resto de los seres naturales. Es parte de ellos, su suerte coincide con la de la vida natural; si las plantas y los animales perecen, perece él también; si se agotan los recursos energéticos y materiales, no podrá sobrevivir.
III. Políticas culturales Edwin Harvey, consultor de la UNESCO, en un texto sobre "Las políticas culturales en América Latina y el Caribe (aspectos institucionales, jurídicos y financieros)" 1*, enumera los dominios afines generalmente aceptados en las políticas culturales de los estados latinoamericanos y los agrupa según modalidades económicas, estructuras institucionales, derecho cultural y agentes involucrados en la gestión. Me interesa retomar aquí esta enumeración para darle contexto político a una propuesta que haré en la tercera parte de este texto. Los cuatro grupos son:
-La cultura comunitaria y popular o la cultura como expresión viva de un pueblo: la tradición, el folclore, los festivales y las fiestas populares, incluidas las de origen religioso, las ceremonias públicas y los espectáculos decantados por la tradición y las costumbres populares. Hasta aquí Harvey. Acotemos solamente que la c1asificacion de este autor es poco explicita en señalar ciertos bienes simbólicos (como las creencias) y lingüísticos (como los refranes y los acentos o fonologías). Los últimos años han visto acentuarse tres tendencias que ocupan la agenda de reuniones internacionales y entidades como la UNESCO. Una de ellas es el apoyo a los tratados de libre intercambio de bienes culturales, especialmente el libro, los discos,el cine y el video (haciendo la salvedad de las riquezas de valor histórico, impregnadas por lo general de un fuerte simbolismo que contribuyó a la identidad de los pueblos). Este intercambio está consagrado a mejorar la creatividad individual, la distribución y la valoración económica de los productos culturales. Otra tendencia pone el acento en las expresiones etnoculturales y plurilingüísticas y, en general, en los grandes marginados históricos de las sociedades latinoamericanas. Sin la participación activa e igualitaria de estos grupos en la vida pública, un país será incapaz de enfrentar los problemas de la calidad de la vida y no podrá incorporar los nuevos saberes ni las nuevas técnicas y tecnología indispensables en las relaciones internacionales de nuestro tiempo. Sin interculturalidad, es decir, sin mancomunar las identidades culturales diferentes en proyectos comunes pero conservándolas tal como son, no habrá democracia ni crecimiento económico. Un país debe desplegar todas sus potencialidades para sobrevivir. La tercera tendencia, asociada a la anterior, es la educación. Desarrollo, cultura y educación van de la mano. La educación es el instrumento de acción política imprescindible para que el crecimiento se produzca con equidad. Las reformas educativas, en primer lugar en la primaria y en preescolar, deben tender a que los niños desarrollen talentos y adquieran habilidades suficientes para integrarse a las técnicas y tecnologías productivas y organizativas. IV. Cultura y reservas biológicas La presente reflexión lleva a un principio que debería ser fuente de juridicidad: las naciones han de integrar su patrimonio biológico a los bienes culturales protegidos, así como protegen (o deberían proteger), la herencia arqueológica 2*. Las relaciones del ser humano con el mundo natural son formas de sobrevivencia. La cultura es también la expresión de esas relaciones. Codificar cierto genero de intercambio del hombre con la naturaleza es tejer un lazo normativo que nos garantice la sobrevivencia. Enmarcados en su geografía, el bosque, las plantas, los animales, son parte de nuestro campo cultural desde varias perspectivas: como paisaje y como hábitat, como entorno simbólico-afectivo, como horizonte de intercambio material y como objeto de saber aplicado. El bosque, las plantas y los animales son una reserva con características de bien cultural cuya protección es moralmente obligatoria. Este bien cultural, como cualquier otro, será objeto de goce, de saber y de prácticas científicas reguladas; y tendrá el carácter de patrimonio soberano legalmente protegido y susceptible de actividades económicas que lo hagan productivo sin destruirlo. Retengamos un asunto: la cultura, como fuente de conocimientos, puede contribuir al desarrollo, tal como se entiende hoy esta palabra, si y solo si existe voluntad de hacerlo y se activan los medios para que la creatividad, la inteligencia y los derechos y deberes de los ciudadanos puedan desplegarse libremente. Naturaleza y cultura pueden coincidir y encontrarse ahí donde ya no se vislumbre la catástrofe ecológica en el horizonte. La naturaleza culturizada debe ser aquella en la cual la cultura sepa ponerse al servicio de la naturaleza. Y ese es también un imperativo político.
NOTAS 1* Edwin R. Harvey: "Las políticas culturales
en América Latina y el Caribe (aspectos institucionales, jurídicos
y financieros)". Documento de la Comisión Mundial de Cultura
y Desarrollo, tercera reunión, San José, Costa Rica, 22-26
de febrero de 1994, Pág. 3.
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