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Texto y Fotografías
por Javier Martín
Había
quedado solo, luego de aquel periodo en que dos mujeres se lo disputaban,
estaba otra vez solo, la idea del triangulo amoroso no era suya, no sabía
como había ocurrido tal cosa, pero en fin… luego del conflicto,
tal y como había imaginado en aquel tiempo le iba a suceder, hoy
estaba solo, pero tranquilo, en paz consigo mismo, sabiéndose honesto
y bien intencionado, y sobre todo satisfecho con su nueva soledad.
La
imagen de la mujer sin rostro ni nombre que espera a ser hallada en el
jardín de las delicias, no es más que una construcción
de la mente, un deseo de alcanzar un estado eterno de felicidad, pero
irreal, como la utopía de Moro.
La
mujer es para el hombre un ser venerado a la vez que imposible de alcanzar
en toda su plenitud, algo en ellas que es inexplicable para el hombre
lo impide, como la naturaleza, que no termina de entregarnos sus más
preciados secretos, aunque el hombre crea que la mujer le pertenece, esto
es una ilusión, pues una especie de subrutina en su psique no lo
permite ni lo permitirá nunca, y este punto aunque para la mayoría
de los hombres es un hecho doloroso, para aquellos que han avanzado en
el estudio de las emociones humanas es simplemente un factor a considerar
y nada más, una realidad cotidiana conciliable que tanto puede
conducir al Edén como al Paraíso.
Caminaba
por la calle de la amargura en la mañana, con su jarra de café
caliente, con su porte de pachuco intelectual, de lumpen erudito, con
su aire distinguido por herencia de su sangre medio azul, y por sobre
todo, con una mirada intensa y una sonrisa espontánea y socarrona,
que indicaban claramente miríadas de pensamientos por minuto.
Ella
había llegado de Inglaterra, estaría en el país solo
unos días, luego, regresaría al mundo civilizado, lejos
de su natal terruño, hasta dentro de unos meses, donde tal vez
volvería con su esposo.
Al
pasar frente a al restaurante Rubaiyat se la encontró, besos, abrazos
y más besos.
–“¿Cómo estas, que has hecho?”
1979,
eran novios, ella estudiante de teatro y guitarra clásica, él,
estudiante de Piano clásico, la revolución en Nicaragua
había triunfado, Centroamérica ardía en medio de
sangre y fuego, faltaban unos años aun para la caída del
muro.
-“Como
he pensado en vos, acabo de estar en Nueva Orleáns, estuve en el
barrio francés, el mismo que caminaste varias veces hace tantos
años, cuando por joven e ingenua permití que te fueras,
en realidad fue que te abandoné, te cambié por una quimera
de corto plazo. Recorría las calles con aquellas casas construidas
en 1700, recordando las cartas de amor que me escribías desde ese
lugar, e imaginaba que te encontraba a la vuelta de Bourbon Street, pero
sabía que estabas en Costa Rica y vine aquí a la calle de
la amargura porque perdí tu numero y quería verte, sabía
que iba a encontrarte tarde o temprano y aquí estás, más
canoso, más viejo pero siempre guapo y distinguido”.
El
estaba embelesado, cuanto la había amado… en un instante
revivió toda la película de su pasado con ella: Cuando le
habló por primera vez en el corredor de la Escuela de Artes Musicales,
cuando caminaban por esta misma calle de la amargura 25 años atrás,
cuando jugaban a inventar historias y personajes, cuando anhelaban descubrir
la piedra filosofal de los alquimistas practicando el tantra yoga, recordó
cuando juró amarla hasta el fin de los tiempos, cuando ella solicitó
trabajo en Canal 13, cuando fueron a Limón en carnavales, cuando
ella tuvo su primer apartamento en Sabanilla, el río de lagrimas
que vertió al saber que lo abandonaba, el dolor desgarrador de
no tenerla, la alegría e ilusión que produjeron un reencuentro
muchos años después, reencuentro que auguraba amor eterno
en Inglaterra y que volvió a verse truncado por azar de la vida,
y volver a llorar, a desfallecer y lo asociaba con el presente, con su
historia de amor otra vez inclusa, mas no con ella sino con Vivian, y
contó la historia de Vivian y Rachelle, la historia de Sandra,
de Goianira, de Jay, de Nera y de Angie, descubrió súbitamente
que el ciclo de los cambios de los que habla la profunda sabiduría
encerrada en el I-Ching, como el retorno de las estaciones y las mareas,
estaba ocurriendo frente a sí otra vez, estaba ante la puerta que
conduce a la cuarta dimensión, ya que podía verse existiendo
en ese y todos los momentos anteriores simultáneamente, un escalofrío
con sabor a deja-vu recorrió su espalda.
La
lluvia cantaba en el techo de su apartamento, las llamas de las velas
en medio de su jardincito de balcón, se contorneaban al ritmo de
la música clásica que le gustaba escuchar a esa hora, hora
de ir acabando, de ir calmando los pensamientos frenéticos a los
cuales estaba acostumbrado desde hacía muchos años, y que
sabía que si no lo hacía, podían fácilmente
producirle insomnio, era la típica hora de conciliar los eventos
del día, pero hoy era distinto, durante el reencuentro había
estado a las puertas de la cuarta dimensión, y retornaba de dicha
experiencia transformado, no podía explicárselo racionalmente,
pero era obvio que algo había cambiado dentro de sí profundamente,
talvez, el reencontrarse con el origen de aquel amor y dolor ancestrales,
era lo que faltaba para lograr superar el dolor del presente por su relación
inconclusa, toda vez que vio, en el presente, un dolor del pasado, y la
tranquilidad de un futuro que se resuelve solo, como pudo constatar esa
tarde, con solo dejar pasar el tiempo, y nunca olvidar que la vida es
un proceso infinito de ciclos de cambio, que las mareas como las estaciones
viene y van, tal como el amor la vida y la muerte, y que como alguna vez
le dijo José Sancho, en el tanto haya un amanecer y un atardecer
posterior a este, vale la pena seguir viviendo.
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