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Texto y Fotografías por Javier Martín Es temprano en la noche, la actividad inicia en La Calle de la Amargura, la gente va inundándola lentamente, en la esquina de Guillá, los dyemberos ejecutan la música tribal de los antiguos africanos, mientras los transeúntes modifican el paso al ritmo candente que escuchan, ritmo contagioso que estimula el espíritu y la alegría. En medio de la algarabía, grillo, como le apodaron, musita desde un rincón en silencio los dolores y estertores agónicos de un amor no correspondido, nublado por el licor y las drogas la emprende contra la caseta telefónica, las patadas voladoras y los puñetazos al frío metal resuenan en el ambiente y compiten en estruendo con el sonido de los tambores. Algunos vuelven su mirada y al observar resuelven continuar con el jolgorio, ya que es sabido por todos de las pasiones ardorosas que producen en él, la inconstancia de un Eros confundido, y siguen muy orondos bailando y tocando al son de los tambores africanos, las maracas y el timbal, mientras jóvenes danzarinas del fuego hacen sus rutinas incandescentes y en el aire, se perciben aromas diversos como los tabacos kriptoníticos del Indostán y los formaldehídos y acetonas en dulcetes nubes que adormecen las fosas nasales y causan picor otorrino al inhalarlos. Del vehículo de papi, se baja el muchacho, tímido y angustiado, se pregunta si podrá hoy ligarla, ligar, o tan siquiera alcanzar a establecer algo parecido a una relación, aunque fuera de amistad con una de ellas, las jóvenes adolescentes que cual iconos sagrados, marcan la pauta de lo que debe significar la belleza, el glamour y el encanto con respecto a moda y estética. Preciosas y sensuales muñecas bañadas en miel y canela, botones de flor en primavera irradiando el sutil aroma de su canto al amor, exquisitas jóvenes con ropajes juveniles incitantes y perturbadores que confundían las mentes de aquellos que dejaban volar su imaginación centaurica. Bellísimas damiselas de las cuales parecían desprenderse efluvios de especias exóticas embriagadoras de los sentidos y la razón, con cuerpos divinos que cual vestales del templo de Venus se ofrecían a la vista, y que le recordaban al apetito bestial, frutas análogas al amor y la pasión desenfrenada, como jugosas sandias que al mordisquearlas chorrean su caldo bajo el sol ardiente del trópico, o como saciarse con fresas, uvas y melocotones en almíbar aderezados de promesas orgásmicas aquí y allá, como quien no quiere la cosa, como diciendo:-“Disculpame, se me salió la libido”. Caderas desnudas y tatuadas las rabadillas, como marcando la carne por categoría, por territorio, perturbando y corrompiendo, al generar estos gráficos en la piel, pensamientos pecaminosos en las noveles almas de los mancebos jubilosos. Sílfides encantadoras del amor y la sensualidad, que con sus jeans apretados y a la cadera, convocaban al grito hormonal y desquiciaban los sentidos de los menos fuertes, los más desdichados, como él. Desde la parte baja de la calle proviene taciturno, el estudiante perdedor que no logra conciliar la cólera y refunfuña su condición, espera hallar en la calle un poco de calma a su angustia porque sabe la torta en su casa aun no se sabe, y talvez con suerte pueda librarse de esta, entonces ¿Porque no un poco de diversión? Ella esta en la esquina, mira su reloj una y otra vez, no puede ser cierto que la dejaron plantada, él no haría eso, enojada y ansiosa intenta dilatar el tiempo e imaginar un atraso, un imprevisto, mientras angustiada abre y cierra su celular sin hacer llamada alguna y esos tambores me calman un poco voy a acercarme para pasarla bien un rato, pero… ¿y se no me ve? Por estar inmersa en el tumulto puede que él venga y no me vea, mejor me espero. Y resuelve jugar a que es estatua por un rato más, mientras se debate entre odiarlo y explicarse mil razones por las cuales esta tarde, pero ¿Plantón? No plantón no. En su flamante porche rojo pasa Calabaza, desconociéndose en su totalidad la razón de dicho apodo, no se mezcla nunca con la chusma de la calle, está en su otoño y el porche rojo es una extensión de su phalo insatisfecho de macho homo erecto, para desgracia suya es identificado el acto de subirse a su vehículo por todas las adolescentes, como de lo peor y más bajo a lo que se puede llegar en la escala de popularidad y aceptación de sus pares juveniles, por ello, Calabaza pasa solo en su vehículo cual moderno llanero solitario con su famoso corcel plata, único y real compañero de andanzas. Ya la calle está en su plenitud, no cabe un auto más en las cunetas donde se prohíbe estacionar, las aceras no logran contener tanta gente e inundan la calle, el tránsito vehicular empieza a ser paralizado cada momento un poco más, estalla la sinfonía de bocinas y cláxones agonizando por avanzar, una moto con escape libre surca la vía recorriendo a cierta velocidad los espacios ínter vehiculares, el bullicio de su escape libre activa las alarmas antirrobo de todos los vehículos estacionados con lo cual inicia su intervención la segunda sección del coro vehicular, es ya un pandemonium: los tambores, los bocinas y cláxones de los vehículos, las alarmas activadas, los bares con su música a todo volumen más el bullicio de dos mil o tres mil personas gritando y hablando a la vez, el estruendo sin control del tercer mundo una noche de verano en la calle de la amargura. Cierro la puerta de mi balcón e ingreso en mi alcoba, ella duerme placidamente, ajena por completo a la vorágine que se vive afuera, cobijo su hombro y parte de su espalda desnuda, se acurruca en mi mano y murmulla algo quedito e inteligible, beso su sien y bendigo sus sueños, prendo la alarma anti mano peluda, y vuelvo a mi ordenador a escribir estas líneas desde el balcón para no perderme la escena bucólica de la calle más sui generis de Costa Rica, es la calle que da a mi balcón, la calle de la amargura, que de amargura no tiene nada y que lo dulce, lo sensual es lo que prevalece mientras los amargos serian mas bien los chóferes que quedan atrapados en medio del transito detenido por las masas de jóvenes vitoreando, bailando y cantando mientras la shakirilla del momento con sus jeans a la cadera y tatuaje en la rabadilla degusta un trozo de buena pizza italiana, junto a una muchacha que se mira histérica por el plantón sufrido, mientras un porche rojo tristeza y soledad ronda una vez mas la calle, el estudiante perdedor ya olvidó su angustia al calor de los vapores etílicos y demás espíritus de caña, maple y lúpulo, el niño de papi anhela, se acerca nervioso y se traba como el más estúpido diciendo la primera imbecilidad que le viene a la cabeza y ella le mira feo, por allá, Grillo murmulla otra vez calmo en el rincón, abandonó la calistenia de la caseta telefónica y los yemberos pierden el ritmo y lo toman una y otra vez en un eterno fluir de energía palpitante candente.
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