![]() Caperucita Roja: La tentación está en el camino. Caperucita Roja, no es una historia universal, sino que su procedencia se limita al sur de Francia. Perrault fue el primero en escribir este relato que él escuchó contar a la niñera de su hijo, y del que suprime dos escenas poco apropiadas para la corte de Versalles: cuando el disfrazado lobo le invita a comer y beber a la niña algo que ella no sabe que son los restos de su abuela; y también el final, donde Caperucita, al sospechar de las malas intenciones del animal, deja la casa con la excusa de aflojar el vientre. El canibalismo y lo escatológico desaparecen del texto de Perrault, pero no la crueldad, pues el lobo devora tranquilamente a la niña. Es el único de sus cuentos que acaba mal. Y acaba así para que nos sirva de lección. “¡Cuidado con el lobo! ¡No te detengas a hablar con los extraños!”, es el mensaje más inmediato y evidente de este cuento, casi fábula. Caperucita Roja pertenece a esa serie de relatos destinados a instruir a las chicas que inician su salida del hogar. En principio ella es una buena chica, pero cuando esa bondad degenera en estupidez (o ingenuidad), el desastre se avecina. Caperucita es castigada, no solo porque se deja tentar, sino porque confunde al malvado lobo con un buen amigo, y precisamente esa confusión entre el bien y el mal le llevará a su terrible destino: ser poseída por el Mal.
También el encuentro con el lobo es muy distinto. Perrault muestra dos caminos que conducen a casa de la abuela: el lobo le aconseja que vaya por uno y él se decide por el otro (lógicamente la engaña y elige el más corto, pero no está explicito en la narración); y para motivar su interés, la desafía: “A ver quién llega antes”. La niña además de ingenua, no debe de tener mucho espíritu de competitividad y se entretiene “en coger avellanas, correr tras las mariposas y hacer ramilletes con las florecillas”, lo que demuestra que Caperucita está más cerca de la adolescencia que de la niñez, por más que sus padres se empeñen en verla tan infantil. La tentación Y así, haciendo caso al lobo que la mira con gula (lo mismo que el adulto la miraría con lujuria) “se apartó del camino y se puso a coger flores”. Las flores son los gozos de la vida; el bosque, la sociedad; y el camino del que se aparta, la senda de la virtud. ¿Por qué no se come el lobo a Caperucita nada más verla? En la versión de los hermanos Grimm, porque una vez que conoce la fragilidad de la abuela y su dirección, espera aprovecharse de ambas: “Tengo que hacerlo bien desde el principio para cazar a las dos”, se dice. Y lógicamente prefiere empezar por el más duro bocado y dejar, como postre, la carne bien tierna. El seductor El sentido sexual de la historia es muy evidente en Perrault. Además de tantas insinuaciones veladas, se aprecia en el diálogo que tiene la falsa abuela con la jovencita: “Deja la torta y el tarrito de mantequilla encima del arca y ven a acostarte conmigo, dice el lobo. Caperucita Roja se desnudó y fue a meterse en la cama, donde se quedó muy sorprendida al ver cómo era su abuela en camisón…”. La escritora Djuna Barnes, que se ha sentido tentada, como tantos intelectuales, por este cuento, señala: “Los niños notan algo que no pueden decir, ¡les gusta que lobo y Caperucita estén en la cama!” Y es que en esas edades se mezclan emociones contrarias, pues no hay que olvidar que los niños sienten turbación, pudor y fascinación por el sexo. Es un impulso que está dentro de ellos y que ni aciertan a explicar ni saben cómo canalizar. Son los oscuros fuegos. Sexualidad Bruno Bettelheim afirma que “el peligro de Caperucita es su sexualidad incipiente, para la que no está todavía emocionalmente madura”. Para este psicoanalista (que en casi todo suele ver una sombra añadida de complejo edípico), el lobo no es únicamente el varón seductor, sino que también representa las tendencias primitivas y poco sociales que hay dentro de nosotros. Aunque el texto de referencia de Caperucita Roja es el de los hermanos Grimm, esta versión se suele recordar incompleta: en el original de 1812, la escena de la visita a la abuela se repite al cabo de unos días, y de nuevo Caperucita se encuentra con un lobo; pero esta vez no se desvía del camino y corre hacia el refugio familiar. Encerradas en la casa, ni la abuela ni la niña atienden al animal, que además de ser un ingenuo, hace el ridículo, como les sucede a muchos adultos cuando intentan seducir a jovencitas. El lobo se queda en el tejado esperando lanzarse sobre la niña cuando regrese al hogar, pero la abuelo, que lo conoce bien, le tienta con el olor de unas sabrosas salchichas. El mal bicho, que tampoco puede reprimir estos instintos, se asoma por la chimenea, pierde el equilibrio y se descoyunta. José María Plaza es autor de literatura infantil.
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