Crecí en Limón, observando el mar y la selva, viendo el cielo llover a cantaros, con noches de tormentas y truenos. Allí, mientras mi madre pintaba en acuarela los colores del mar, yo jugaba y corría como niño que era, imaginando los barcos de piratas surcar estas aguas, y veía al pirata Morgan pasar con su barco del tesoro frente a nosotros en ruta al escondite. Por mascota entre otras, mi padre tenía un Tapir, un ser extraño mitad toro, mitad elefante, que con su extrema docilidad permitía por un instante que me instalara en su lomo. La vida entonces se resumía a preguntar e indagar, a masticar espigas de césped y averiguar todas las respuestas que pululan la mente de un infante. El sol intenso y el aire salino presentes en los recuerdos inundan mi mente de cuando en vez al despertar, vuelve el niño que recorría el paisaje sobre un Tapir, conmoviéndome y haciéndome describir el cúmulo de sensaciones que produce en mí. Es esta la historia de mi primera infancia. Hoy, a los cuarenta, cuando hace tiempo dejé de ser niño, estas sensaciones son cada vez más intensas. Con la edad el niño retorna, se instala frente a vos a jugar, y descubrís que ya no sabes jugar, que es imposible correr con él entre los campos selváticos mientras ríe a carcajadas limpias, prístinas y puras. Comprendés que el paso del tiempo te ha manchado con dolor, rencor y angustia, y ves al niño que eras y entendés que el camino es más bien hacia atrás, hacia lo que alguna vez fuiste y dejaste de ser, sin terminar de comprender completamente cómo ocurrió que te invadiera tanta desgracia y tristeza. Luego de un breve momento,
comprendes que no es tan malo al fin y al cabo, que escribir lo que aconteció,
revivir los capítulos sin afán de culpar ni juzgar a nadie,
es una alternativa, una forma de volver a la niñez, de sobrellevar
la tristeza de adulto, comprendes que con un poco de esfuerzo podrías
volver al paisaje donde te esperan un Tapir, unos monos araña,
y un pirata con su tesoro que te saluda desde la proa del barco, mientras
los azules que se pintan en el lienzo de tu madre, son lavados por una
lluvia súbita y refrescante que apagó al sol por un momento
y que ya en la noche, los rayos y truenos, lejos de infundir temor, te
arrullan con su atronadora voz, y dormís, placidamente, como solo
los niños pueden hacerlo.
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Versión Impresora | ||||||||||||||||||||||||
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