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Texto y Fotografía por Javier Martín

La conocí de casualidad en Playa Bonita, Puerto Limón Costa Rica, mi amigo estaba cortejándola, mas ella prefirió seducirme. Venía de Roraima (se pronuncia Joraima en español) en el nordeste de Brasil, su cabello en bucles dorados y sus ojos verde azulados le daban a su rostro una particularidad encantadora. De su presencia se percibía una áurea mística, pausada y espiritual a la vez que inquieta e inquisidora, radiante de amor y ternura, también era terca y dura como el granito.

Su acento portugués le hacía hablar el español con una sensualidad embriagadora. Me contaba sobre lo sereno y sencillo que resulta nadar entre pirañas en el río Amazonas situado en el patio de su casa, en el tanto no tenga una herida sangrante o esté con la menstruación -“pero eso sí, tenga mucho cuidado con la anguila eléctrica, esa lo puede matar a uno fácilmente”.

Creció en un ambiente selvático circundada de indígenas y negros, rodeada sin embargo de lujo y esplendor, haciendas ganaderas y minas de oro eran algunos de sus bienes familiares, contaba que al cumplir 17 no quería tener más una abá, es decir su sirviente personal, mezcla de niñera y compañera en el Umbanda y el Candomblé, que la bañaba, la vestía y le cepillaba el cabello desde que era una bebe…

Una vez me dijo que había encontrado en mí –finalmente- alguien más raro que ella.

-“El Cupuazú es mi fruta predilecta, y voce sabe como a Cupuazú” me dijo una vez con su dulce y encantador acento Portugués.

   

Salíamos de expedición y disfrutábamos de la naturaleza en el bosque húmedo de Costa Rica, en esos momentos me hablaba de su tierra, del bosque lluvioso de Amazonas, bajo una torrencial lluvia, sin previo aviso hacíamos el amor, su forma de amar me hacía sentir que eramos uno con el bosque, sentía ser raíz de los árboles gigantescos que ocultan el sol, sentía ser musgo y líquen creciendo en las cortezas de los árboles, entonces las pirañas de su narraciones volaban a nuestro alrededor, y un jaguar nos observaba con sigilo, a la vez que discutía con la anguila eléctrica sobre los signos del ecosistema, hojas fosforescentes de bromelias caían sobre nuestros cuerpos desnudos, luego de ser masticadas sus partes tiernas por una tropa de monos carablanca que las dejaban caer libremente, mientras bulliciosos y alertas en todo momento, forrajeaban en el dosel, en las copas de los árboles, en aquellos lugares cargados por un aire húmedo que hacía crecer el musgo en nuestras espaldas. Con avidez, bebíamos uno del otro la sangre del bosque, posteriormente –extenuados- flotábamos en la poza de agua cristalina recuperándonos, restaurando la vida con cada momento de placidez transcurrido.

 

Frente al mar me contaba acerca de su adoración por Yemanyá, del antiguo ritual del Umbanda en el cual se talla un barquito de madera de balsa que se deja en el mar cargado de obsequios para ella cada primero de enero al amanecer, artículos como lápiz de labios, perfume, joyas de fantasía y demás implementos cosméticos. Los regalos para Yemanyá "La Diosa del Mar", que al ser una mujer muy hermosa es por tanto vanidosa, y si el barquito cruza las olas y penetra la vastedad del océano, quiere decir que Yemanya aceptó los regalos, si no cruza la línea de las olas, esto quiere decir que Yemanya no aceptó los regalos. Decía esto frente a la fogata en la cual asábamos las langostas que habíamos capturado horas antes, en la tarde, cuando buceábamos con snorkel entre corales y peces multicolores, conteniendo la respiración, bajo la presión del agua que aumentaba al descender, hasta lastimar los oídos, atrapábamos con cuidado, en las hendiduras y pequeñas cavernas del coral a profundidad, las antenas de las langostas que debían, pese a la delicadeza del contacto, ser haladas con fuerza y rapidez súbita, de lo contrario, las antenas se quiebran y la presa huye.

Al hablar, sus dorados bucles caían suavemente frente a sus ojos claros, la luz inestable del fuego iluminando su cuerpo y el rostro de tersa piel bronceada, barnizaba con un tono de caramelo salvaje, su exquisito cuerpo y facciones exóticas. Ojos de brillo subyugante, fémina idílica, fuente de juventud y pasión desbordante, tenía en aquel entonces 22 años y un mundo por delante cargado de expectativas e ilusiones.

 

Continuó narrando acerca de sus viajes por entre los Tepuis venezolanos, esos gigantes de piedra que se yerguen por cientos de metros sobre el piso del bosque, formaciones rocosas impresionantes, vestigios de periodos arcaicos cuando el suelo quedaba a esa altura y que hoy permanecen cual si fueran torres gigantescas que debido a la densidad del material del que se componen, resistieron la erosión del paso del tiempo, y permanecen con sus planas cumbres expuestas al cielo, altiplanicies cubiertas de densos bosques de altura donde el endemismo de las especies -debido al aislamiento geográfico- es notorio y abundante, el principio de la creación de nuevas especies. Describía con maestría los alucinantes precipicios, donde los ríos desembocan en majestuosas cascadas de cientos de metros que de forma suicida, se lanzan al vacío hasta estrellarse en un piso selvático y tupido, denso y oscuro, como el sótano del mundo, siendo una de estas cascadas la más alta del mundo: “El Salto del Angel”, eran todos estos, lugares olvidados por Dios, sitios recónditos de mineros e indígenas, que como gnomos del suelo, permanecen arrancándole a la tierra con sangre y dolor; el oro para el comercio y la industria, lugares donde se escuchan por doquier, leyendas de parajes perdidos en las alturas de alguno de los tepuis, cuya alta cima se halla cubierta de incontables y enormes pepitas de oro a flor de tierra, un lugar donde al regresar, los senderos se bifurcan y trastornan sin sentido, perdiendo para siempre a los expedicionarios que nunca regresan, y que paradójicamente, se sospecha, es el peso del oro que transportan, el que termina por producir un cansancio y embotamiento que los hace desvariar, extraviarse y sucumbir, es la maldición de El Dorado -dicen-...

Con muchas historias encantadoras me subyugó, con sus gestos, sus mimos, su risa y sus momentos de silencio, momentos en los cuales su mente de seguro divagaba por lugares increíbles, con sus creencias y misticismo amazonicos divagando de cuestionamiento en cuestionamiento. Mas fue al hacerme el amor como dominó completamente mi voluntad, y durante el periodo que duró nuestro idilio fui muy feliz, cabalgando por entre las estepas del delirio pasional como pocas veces lo hiciera, ella fue de mí, jinete imperiosa de legendaria estirpe.

Recibimos juntos y en silencio el nuevo milenio, abrazados nos dormimos y al día siguiente en su despertar me preguntó: ¿no vas a ver si el y2k le hizo daño a tu sistema?

Así de casualidad como la conocí, se esfumó, un error que cometí jamás me fue perdonado, dura como el granito, cerró sus oídos y su corazón y se marchó para nunca volver.

Al pasar de los años sigo recordando, remembranzas de un pasado prolijo y bienaventurado, que a veces me hace detenerme en medio del camino al recordarla, y viendo quizás al vacío en la foresta, cierro los ojos y aspiro su aroma, como a bosque y lluvia, mi dulce y rebelde Amazona, bella y sensible brasileña de tierna sonrisa, alma mística y bucles dorados, que junto con las expectativas del nuevo milenio desapareció de mi vida, no sin antes escribir una historia imborrable en mi corazón, una historia de vida que no pasó desapercibida.

Mouto obrigado


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