
Conocí
a José Ricardo Chávez hace muchos años, nuestra amistad
aunque muy corta –él se trasladó a residir en México
DF hace ya varios años- fue muy agradable y de alguna u otra manera,
esta corta pero estrecha relación fundamentó mucho de la
forma en la que hoy escribo. Esto sucedió en los inicios de los
ochenta, cuando al visitarlo conversaba con José Ricardo, en su
apartamento en el antiguo barrio Otoya, en medio de los increíbles
afiches de arte kitch que decoraban parte de sus estancias, una erudición
pasmosa y apabullante, adosada con su titulo de economista, -en aquel
entonces trabajaba con el B.I.D.- su profundo conocimiento esotérico,
las magistrales lecturas de sus increíbles cuentos narrados con
maestría, refinamiento y musicalidad, y un brazo de maniquí
que solía reposar placidamente sobre la colcha de su cama, -al
cual le tenía no solo un nombre, sino además, un chal, sus
pulseras multicolores, anillos y demás joyería de fantasía-
me hacían sobrecogerme y disfrutar plenamente de varias tardes
de invierno, a la vez que inconscientemente adquiría de él
un conocimiento y una forma de hacer literatura que veinte años
después, iba a poner en práctica al escribir para nuestro
sitio Web.
Hemos publicado de José Ricardo el cuento
“La Próxima vez que te vea” hace poco más de
un año, hoy publicamos un cuento titulado “El Moto”
y que curiosamente dedica a “Don Joaquín” y de cuyo
hecho se deduce fácilmente que hace alusión a don Joaquín
Gutiérrez, autor costarricense de una novela llamada: “El
Moto”, siendo antaño este término sinónimo
de huérfano, en la actualidad y aunque también un poco en
desuso en el lenguaje popular costarricense, tiene la connotación
o sinonimia de marihuano o consumidor de marihuana.
En sus relatos, José Ricardo nos sumerge con
mucha facilidad en la escenografía, los personajes y el sentimiento
en ellos, que aunado a una fina trama psicológica, desembocan casi
siempre en el resultado inesperado, sorpresivo y de un profundo sentido
humano sin caer en lugares comunes ni formulas prediseñadas.
Pienso no estar equivocado al pronosticar que José
Ricardo se consagrará como el mejor autor de narrativa costarricense
de todos los tiempos.
Me honra publicar otra vez a quien hoy entiendo fue
mi maestro, y al pensar que llevo más de veinte años sin
hablar con él, pero sabiendo de su excelente condición a
través de nuestro amigo en común Roberto Lizano, aprovecho
para agradecerle públicamente el tiempo y la dedicación
que tuvo para conmigo en aquellos tiempos.
Por eso le digo utilizando la jerga urbana costarricense:
-“Mae, muy tuanis, muchas gracias”
Javier Martín
El Moto
© Tomás Saraví
© Ediciones Andrómeda
Obra Gráfica
Bernal Ponce
Primera Edición
Ediciones Andrómeda
San José, Costa Rica, 2002
andrómeda@amnet.co.cr
A don Joaquín
Siempre había vivido
en Desamparados, si bien sus padres fueron de Zarcero. Tres años
antes de que José BIas naciera, ellos emigraron a San José
en búsqueda de oportunidades. El hombre consiguió un empleo
como guarda nocturno de una fábrica y luego, con el tiempo, pasó
a ser obrero. Nada mejor que levantarse con el sol y acostarse con la
luna. Alquiló una modesta casa de madera a unas cuadras de la iglesia
de Desamparados. A los pocos meses la mujer resultó estar embarazada.
Nació entonces el luego bautizado José Blas. No muchas semanas
después el bebe quedo huérfano: el autobús en que
viajaban sus padres fue arrollado por una locomotora de Ferrocarriles
al Atlántico, en la carretera que lleva a Tibás. José
BIas se salvó por pura chiripa, pues aquella tarde la madre lo
había dejado en casa de una amiga costurera para ir con su marido
a dar un pésame. "No vaya a ser que se le vaya a los bronquios
y entonces si que la hacemos buena", había afirmado la señora.
Ocurrido el accidente y después de algunos trámites y a
falta de parientes conocidos, el niño se quedó en casa de
la amiga materna, quien vivía con una hermana, ambas solteronas
y antaño costureras en una fábrica de dueños judíos.
Jacobo, el patrón, paternal y siempre listo vigilante del trabajo
de las mujeres, caminaba entre las filas de maquinas de coser mientras
comía un trozo de pan integral con enjundia de gallina y ajo crudo.
Con el tiempo, la fábrica cierra y las obreras se quedaron sin
empleo y sin prestaciones. Jacobo cambia de actividad -se volvió
productor de artículos de plástico- y las dos futuras madres
postizas de José BIas se convirtieron en costureras de barrio,
allá en Desamparados. En esa condición estaban cuando decidieron
cuidar del huérfano, como una manera de canalizar sus frustrados
afectos maternales. ¡Tantas noches que el niño se durmió
arrullado por el ruido de las maquinas de coser!
A los siete anos entró a la escuela pero no le
gusto el estudio. Prefería jugar fútbol con sus amigos o
acompañar a sus amigos fumadores, escondidos entre el cafetal y
la chayotera. Fumó una vez y no le gustó. Fumó una
segunda y tampoco le pareció. Deja de hacerlo... hasta los trece
anos, en que volvía a aspirar un cigarrillo. Esa vez si le agradó.
Estudió en el liceo hasta el tercer año; luego, José
Blas no quiso seguir. Dado su carácter amigable, alguna gente lo
ayudaba dándole pequeños trabajos: recortar el jardín,
llevar un paquete a San José, tomar fotografías mediocres
en un quince años mediocre. Con una cámara prestada... Así,
a veces por ahí y otras por allá, transcurría la
vida de José Blas.
Panizo era su mejor amigo. A él le contaba cosas
que a otros escondía, con él bromeaba, con él se
iba a ver chavalas a la Avenida Central. Una noche, después de
unos tragos en la cantina ''Aquí me quedo", Panizo invitó
a José Blas a fumar mota, una muy buena traída de Guanacaste.
A pesar de su carácter amiguero, hasta entonces no lo había
hecho, aunque ocasiones nunca le faltaron. La mota circulaba en Desampa
con tanta facilidad como en Tibás, como en San Pedro, ni que decir
Guadalupe o, por allá, Cristo Rey y, acá, Sabanilla, y las
brumas de Cartago no eran solo por el clima. José Blas aspiró.
Primera vez. Sus pulmones perdían su virginidad canábica.
En una calle oscura, con cuidado de que no apareciera algún tombo
-la ley-, él y Panizo fumaron.
Esa primera ocasión el efecto canábico se limitó
a una enorme contentera, a un no saber que hacer con tanta felicidad.
Las calles de Desampa nunca le hablan parecido mas pura vida y los anuncios
de B:F Goodrich, de Coca Cola, de Capri, de Café Segura, anuncios
de siempre, de toda la vida, eran vistos con otros ojos que, aunque rojos
e irritados, permitían desdoblar, triplicar, multiplicar la realidad,
ir mas allá de ese mundo de tías solteras que cosen un vestido
interminable, de autobuses apretados con gente apretada en calles apretadas,
de mandados y comisiones, de jardines recortados y paredes por pintar,
zanjas que abrir y sermones de costurera que escuchar. Y muy pronto José
Blas se vio comprando su propia mota, sacando una parte de sus ingresos
para tener siempre de la mejor. Y si por A o por B José Blas no
podía comprarla, Panizo le daba de la suya o alguno de los otros
fumadores convidaba. Ni sed ni hambre de marihuana; sí, tal vez,
de comida; sí de empleo. José no podía quejarse con
sus oficios de mil usos, pero en cuanto a Panizo era un tranquilo desempleado.
Sus esfuerzos había hecho por entrar de conserje en un banco, pero
no resultó. La crisis, decían los periódicos y los
políticos, la televisión y la radio, crisis económica,
cri-cri, crisis moral, cri-cri, deuda externa, cri-cri, la guerra a la
vuelta de la esquina, cruzando la frontera, cri-cri, cri-cri, el pretexto
cantor, cri-cri, crisis que por explicar todo no explica nada, cri-cri...
Apoyados en una tapia, con el sol de la mañana en sus caras, José
BIas y Panizo miraban pasar a la gente. Eran las diez y, después
de sendos mañaneros, ambos habían recorrido las calles por
veinte minutos y luego se posaron en esa esquina del parque. -¡Hola,
Chepillo! dijo una señora que pasaba, muy atareada con sus compras.
José Blas, ido de este mundo, sonreía con mansedumbre. Si
no fuera por los ojos irritados, por las pupilas dilatadas, algún
devoto transeúnte diría que José Blas parecía
estar hablando con los ángeles. En tal beatitud se encontraba esa
mañana. De pronto José Blas vio salir a un ángel
de la iglesia, uno que vestía modosamente y con el cabello recogido
en una larga trenza. El ángel rubio caminaba más bien despacio,
con cierta timidez, y pasó junto a José, lo mira, sonrió
dulcemente y siguió su camino. José Blas no supo qué
hacer ni qué decir. Preguntó a Panizo si sabía de
la muchacha y contestó que sí, que habían sido compañeros
en la escuela primaria. El ángel se llamaba Maria Eugenia, más
conocida como Maruja entre sus amigos. Ella, al pasar, no vio a Panizo
por observar a José.
- Vive en San Antonio y es de familia encopetada.
-No jodás. No me la pongás tan difícil, mae -exclamo
José Blas. .
-Los ángeles cuestan, mi'herma -sentenció Panizo.
Esa misma tarde José Blas fue a San Antonio y localizó la
casa de Maruja. Según le con tara Panizo, la chamaca había
hecho la secundaria en Cartago, pero la familia volvía de nuevo
al lugar donde el padre creciera. Identificada la casa, José esperó
la aparición del ángel y, luego de esperar dos horas, vio
cuando salía. Ella caminó unas pocas cuadras y se detuvo.
Esperaba un autobús. Una buena excusa para acercarme a mi ángel,
yo también voy a tomar la lata. Nervioso, José caminaba
hacia la parada. Ella vio a un joven acercarse y al reconocerlo, se ruborizó
un poco. El no se quedó atrás y el color se le subía
a las mejillas. Ambos se sonrieron tímidamente pero no se hablaron.
Llegó el autobús. Ella subía primero, claro (primero
las damas); luego él. Ella se sentó tentadoramente en un
asiento de dos: el lugar de junto estaba desocupado. José, más
nervioso que nunca, no sabía ni sentarse al lado. Finalmente no
lo hizo. Se sentó dos lugares más atrás. El autobús
llevaba pocos pasajeros. Paulatinamente se fue llenando. El la seguía
con la mirada desde su asiento: cada movimiento, los detalles de su trenza,
el suave vello dorado de los brazos, las mejillas radiantes, ay, ¡quién
fuera Adán ante tales manzanas! Tanto pasajero le estorbaba para
verla con tranquilidad. Ella hizo gestos de querer bajarse. El se preparo
para hacerlo también. Otra coincidencia, pensaría ella,
por qué no; otra sonrisa compartida.
Ya en la acera y ante la actitud de momia del muchacho, ella preguntó
confianzuda e inesperadamente: -¿Como te llamas? El, asombrado
por tal acercamiento, contesto balbuciente: José... José
Blas.
Ella se rió ante el exceso de timidez, José se ruborizó
de nuevo. No sabía qué le pasaba, la cosa era que todo se
le enredaba, los cables se le cruzaban, mejor que con un purito, bueno,
mejor es un decir... Súbitamente envalentonado, exclamó:
-Vos te llamás Maruja, más bien María Eugenia, ¿verdad?
-Sí, ¿como lo sabes?
-Un amigo me lo dijo, Panizo, uno que estuvo en la escuela con vos...
-Sí, ya sé quién es.
-Esta mañana te vi en Desampa y creí ver un ángel
-dijo el muchacho cándidamente.
-¿Y en verdad se trataba de uno? ¿Lo era? ¿Lo es?
-Sí, sí, creo que sí -y por fin sonrió con
cierta tranquilidad.
Durante los seis meses siguientes Maruja y José Blas se siguieron
viendo, aunque no con la regularidad que ellos hubieran querido. La familia
de la muchacha hizo todo lo posible por separarlos, una vez que se enteraron
de “la clase de ficha" que era el tal Blas, según la
expresión de la madre. ¿No te das cuenta, Marujita? Ese
hombre no es para vos. No hay que cruzar una palabra con él para
saberlo, basta con mirarlo, su ropa, su aspecto; además no tiene
muy buena fama. Vos sos una muchacha decente, que puede aspirar a algo
mejor, a alguien al menos tan bueno como vos, como nosotros. Ese Blas
solo es un vagabundo, un mariguano, un moto. Maruja no entendía
de estas razones maternales.
En la universidad cursaba la carrera de Educación
pero, desde que había empezado a salir con José, casi solo
le importaba estar con él, oírlo, hablar, caminar tomados
de la
mano entre los viejos árboles del Parque Nacional, lejos de Desamparados
y de San Antonio, reír de los chistes que él contaba, aceptar
sus caricias en los brazos, en las mejillas, dejarse llevar por ese flujo
de humor y de vitalidad. Sí, la familia tenía sus razones
para detestar a José; ella, las suyas para quererlo.
Jose iba a buscar a Maruja a la universidad, después de clases.
Caminaban por los jardines y corredores, se sentaban en el pretil a ver
gente pasar, a conversar iban a alguna soda a tomar un café o un
refresco. Con tanto muchacho en la U, Maruja pudo comparar y rápidamente
se percato de lo distinto que era José. No solo por su apariencia,
por su forma de hablar, no era guapo ni bien vestido, no, pero ella nunca
había conocido a alguien que le demostrara tanta ternura, que le
brindara tanta atención. De cuerpo enjuto, delgado el cuello, ojos
redondos y negros, lo que más llamaba la atención en José
era su ensortijada cabellera. Maruja gustaba de acariciar sus rizos y
entonces José sentía la más angelical sensación.
El tenía 22 años. Ella 20. Tanta emoción compartida
les hizo concebir la idea de casarse. Pero ¿como harían
para mantenerse? Maruja no se iba a ir a casa de las costureras (¡quien
sabe si ellas quisieran recibirla!), a Maruja todavía le faltaba
un buen rato para acabar su carrera, los ingresos de José no eran
la gran cosa, apenas para que un soltero se la jugara. ¿Que hacer?
Por ahora, nada, concluyeron, seguir viéndose, y la pasión
crecía y crecía, y una noche hicieron el amor en un motel
y ambos gozaron lo que nunca, la cabellera negra de José mezclada
con la trenza rubia y suelta de Maruja, los dos cuerpos blancos y agitados
sobre las gastadas sabanas del amor. Maruja pagó el motel. Y también
pagó las cervezas, los cigarros, una camisa azul y unos zapatos
de tenis para él. Y José le compró un anillo, un
ramo de claveles, unos helados Pop's y las entradas a una obra de teatro.
A veces él con sus ingresos de milusos, a veces ella con la mesada
de papa, el caso es que ambos gozaban lo poco o lo mucho que tuvieran.
Una vez José escuchó la perorata de Quincho, un andrajoso
medio anarquista, medio loco: "¿Estudiar? ¿Trabajar?
¿Para que? Ya pasaron los tiempos en que eso era importante. ¿Estudiar
para triunfar? Ja, a mí con cuentos. Ya el estudio no garantiza
trabajo ni el trabajo garantiza techo y pan. Entonces, ¿para que
esforzarse? ¿para que esa disciplina que no conduce a nada? Lo
mismo con el brete, darle y darle día tras días, hora tras
hora, todo para recibir un pinche salario que no alcanza para nada, mientras
unos cuantos hijueputas se hacen ricos de la noche a la mañana,
sin saberse como, chorizos, sinvergüenzadas, política. Nos
están dando, no atolillo con el dedo, sino atolillo con la paloma
de la paz". José escuchaba a Quincho en el Parque Central,
en donde había puesto su tribuna y, al igual que José, varios
transeúntes lo oían, un minuto, dos, media hora, y movían
la cabeza afirmativamente o gritaban "Calláte, comunista"
y alguien exclamó una vez "Que se lo lleven a Nicaragua",
y otro añadió "o a Cuba" y siguió hacia
otro predicador, todo vestido de Semana Santa, un pobre cristo de pacotilla
que anunciaba el próximoo fin de los tiempos: ''Arrepentíos,
arrepentíos", gritaba histéricamente.
Quien sabe por que, José invito a Quincho a un cafetucho por la
Iglesia de la Dolorosa y conversaron como amigos. Quincho, quien tenía
cuarenta y tantos años, aparentaba muchos más. José
se enteró de que hubo un tiempo en que Quincho, como dirían
sus tías, "prometía", a pesar de su fama de revoltoso,
que había estudiado unos años en México, que ahí
vivió un 68 entre gritos de protesta y sangre de estudiantes, que
no pudo terminar su carrera de ingeniería, que, una vez deportado
y en San José, de nuevo se vio entre estudiantes y peleó
contra la ALCOA y el gobierno de Trejos, entonces más gas lacrimógeno,
más gritos, hasta golpes en la cabeza que lo dejaron medio lelo,
dolores que le impedían pensar pero no gritar en los parques y
en las plazas. Después del café cambiaron a cervezas y terminaron
en una cantina de Desampa tomando guaro con cocacola. Como caído
del cielo apareció Panizo, quien los invitó a unos puros,
pero Quincho y José Blas poco los disfrutaron pues ya estaban muy
borrachos. Al rato se separaron, Quincho en una dirección, José
y Panizo por otra. Era la una de la mañana y soplaba un viento
frío en las calles solitarias de Desamparados.
Droga y orfandad: el moto.
La marihuana llegó a ser parte de los hábitos diarios de
José Blas. Llegó a fumarla delante de Maruja, incluso compartieron
unas subidas, pero a ella no le gustó, solo a veces, por ejemplo
para hacer el amor.
En una ocasión Maruja pensó como sería José
Blas si no fumara mota a diario y fue incapaz de imaginárselo.
Tan unidas estaban la yerba y el alma del fumador. Es que a falta de un
alma verdadera se fabricaba una a fuerza de hastío y humo. Maruja
no juzgaba a José, aun no. Se limitaba a aceptarlo tal como era.
El, por su parte, asumía la misma actitud. No discriminaba, aceptaba,
contemplaba lo pequeño y lo vasto de su querida Maruja.
Muy pronto llegaron a oídos de la familia de la muchacha las historias
de los amoríos entre la joven y el moto, vistos en lugares públicos.
Aunque aumentaron sobre ella las presiones, siempre quedaba un resquicio
para llegar a los brazos de José Blas. La influencia política
de la familia y su nivel social hicieron que los ya esporádicos
empleadores del muchacho escasearan más, en un intento de adulación,
de quedar bien con la familia de Marujita, tan importante que es, al señor
hasta lo quieren postular como diputado, ya se está anotando su
nombre en la lista, pues ya ves que aquí lo que abundan son candidatos
y precandidatos, ay, ¿por que ese señor estará en
contra del pobre diablo ese, del moto? ¿Tendrá Marujita
algo que ver? ¡Válgame Dios!, ahora caigo, por ahí
va el asunto, ¡quien se lo iba a imaginar!, tan modosita que es
la muchacha, como una muñeca de porcelana, ya ves, yo siempre lo
digo: caras vemos, corazones no sabemos...
El resultado de la estrategia familiar fue marginar aun
más a José. A veces sus tías postizas le daban algún
dinero, pero a cambio de ello tenia que soportar las repetitivas discusiones
que noche a noche, como un severo ritual o como un disco rayado, se establecían
entre las dos mujeres, una, ardiente figuerista; la otra, calderonista
feroz. Entre las dos rememoraban escenas, personas, eventos de aquel 48
de sangre que tanto había marcado sus vidas, de aquella jornada
en que muriera fusilado el novio de la calderonista en Quebradilla, junto
con más de una docena de combatientes, después de pelear
en El Tejar y entregarse al enemigo. Molinón, Molinón, los
muertos son un monton. Mujer que, sin haberse casado, enviudó a
los dieciocho años. José Blas las oía con paciencia,
pero lo triste de antes se había tornado en aburrido relato, ya
no
lo impresionaban los pasajes dramáticos, los sollozos, esos silencios
que hablaban de fantasmas y revolución, fantasmas de Figueres,
de Mora, de Calderón, de mitos y muertos, de mitos muertos, de
la maquina de coser que Figueres le había prometido a su partidaria
y que nunca le dio, ¡ ah, Figueres tan desmemoriado!; ¡ ah,
Figueres en la memoria!...
-Mira, mejor calláte ya con el enano porque recordá que
yo soy mariachi de hueso colorado.
-¿Colorado?, -¿rojo-comunista? Claro, en eso tenés
toda la razón -dijo irónica la figuerista.
A pesar de estas discusiones cotidianas, las dos hermanas se querían
mucho y se cuidaban la salud una a la otra y las dos, por supuesto, se
la cuidaban al huerfanito, pobrecito Pepito (el nuestro), que no tiene
ni padre ni madre (habían tomado el tren para el cielo) y toma
esta platita para mientras conseguís trabajo. Nosotras sabemos
que la cosa está bien difícil, aunque no tanto como en otros
lugares, ya ves como se matan en Nicaragua o en El Salvador, aquí
al menos hay paz, nadie se muere por bala, ya no. Si, ya se, que no tenés
estudios, que no hay trabajo, pero m'hijito, ¿que va a pasar con
vos?, tan sin ánimos, tan sin vida, yo no era así a tu edad,
tampoco mi hermana, no, teníamos vigor, coraje, ganas de hacer
cosas, hasta de arreglar el mundo. Naciste cansado.
Decíme, ¿que hay de vos? ¿Y esa
noviecita con la que andas?, no creas que no nos hemos enterado...
José Blas abandonó súbitamente el cuarto de costura
mientras pensaba que era rebajarse demasiado el permitir tales interrogatorios
por unos cuantos colones. ¡Si al menos fueran dólares! Pero
no, pinches colones que no alcanzarán para nada, puro cine y helados,
ni para el motel. Hay que hacer algo, algo, pero que... Ya se. En primer
lugar, fumarme este cigarrito, ¡ah!, y en segundo lugar, darme cuenta
de que nada se puede hacer, que la anda esta hecha.
-¡Mafufadas! -exclamó Maruja.
Después de uno de esos silencios que se hacen en las conversaciones,
en esos vacíos del habla en que vuelan Ángeles y moscas,
Maruja agrego: - Tengo algo importante que decirte.
-¿Sí?
-Sí.
-A ver.
-¿De una vez?, ¿de un solo golpe?
-Sí.
-Pues...estoy embarazada.
La mira. José observa la cara feliz de Maruja. Ella esta alegre
porque José dice estarlo. Saber que va a ser papa le agrada, aunque
también lo asusta. De nuevo, algo hay que hacer. ¡Irse? ¿Adonde?
¿De ilegal a los Estados Unidos para hacer plata, como lo hizo
el alajuelense aquel? Picapiedra le decían; qué hacer, fumar,
qué hacer, respirar, qué hacer, dijeron José Blas
y Maruja.
¿Que hacer?
Ir al mar, sí. Me da vergüenza decido pero no lo conozco.
Tan cerca y nunca he ido. ¡Vos sí? No quiero morirme sin
conocerlo. Nunca he ido al puerto, a Puntarenas, menos a Limón.
¿Vos sí? Vámonos los tres, vos, el o ella y yo. Si,
tres. Como Figueres, Mora y Calderón, como dirían mis tías,
como la Santísima Trinidad. Escapémonos y después
vemos que hacer. Ir al mar ya es hacer algo. Quiero olas, arena, mucha
arena, inmensidad, mar, viento, todo esto junto a vos. ¿Vamos?
Había que conseguir dinero. Hasta para ir al mar hay que tener
plata. José no quería que Maruja pagara. El quería
ser quien diera para el viaje. ¿Como? Sin trabajo, apenas con los
poquitos que le daban las tías. No, así no. Había
que hacer algo distinto. Que mejor cosa que acudir a los amigos, a Panizo,
ya ves, mae, necesito plata p'al viaje con la hembra. Panizo estaba sin
dinero. Lo habitual. ¿Entonces que? Panizo sugirió que una
manera de hacerse de un poco de plata era que lo ayudara en el trafique
de la mota, preparar la yerba en paquetes, paquetitos y paquetotes, en
onzas y kilos, según, a veces llevando un cargamento a Heredia,
a Orosi, a Alajuela, ¡puta, mae, como fuman los manudos!, en fin,
entrar en el mismo brete del Panizo por un mes, una corta temporada, y
luego al mar, si, al mar, a Puntarenas, a Limón, al Pacifico, al
Atlántico, simplemente al mar. .
Y mientras José trabajaba comprimiendo la mota y empaquetándola,
el piensa en su viaje al mar con Maruja, en si a Puntarenas o a Manuel
Antonio, a Playa del Coco o Cahuíta. Mejor el Caribe, si, wa'apin
man, ahí debe ser distinto con tanto negro, si, Cahuíta,
Puerto Viejo, me dicen, me cuentan, ahí algo se podrá hacer,
tal vez ahí pueda nacer mi hijo, si, junto al mar.
Maruja tenía más de dos meses de embarazo.
Hasta ahora no había tenido ningún trastorno o dolencia.
Esa tarde, mientras ella y José Blas tomaban un café en
Chelles, mientras llovía, habían decidido que en una semana
más partirían a Limón. Ante la fuga consumada, a
la familia de Maruja no le quedaría más que aceptar el matrimonio.
¿No sería suficiente para obligar al padre el hecho del
embarazo de su hija? No. Ella recordó cómo, dos años
atrás, su hermana mayor, soltera, con un novio a escondidas tan
indeseable como el moto, había decidido abortar por la presión
familiar, sobre todo del padre. Según decía el señor
diputable, era mejor un rato de dolor que toda una vida echada a perder
por un mal paso. La hermana se había doblegado ante la fuerza de
la autoridad paterna; ella, Maruja, tal vez también podría
sucumbir. Para esto era mejor algo rotundo, una huida, el gran escape,
como la película que había visto hacía unas noches
en la televisión con el guapo de Steve Mac Queen, los prisioneros
escapando de los encierros, de las jaulas, así ella y José
Blas, en fuga, hacia el mar.
Tres días antes de la anunciada partida, la policía cayó
en el centro de procesamiento. Panizo y José Blas, que estaban
en lo alto, trataron de escapar por una ventana trasera del galerón.
Hubo gritos y disparos. Una de las balas fue a dar a la cabeza de José.
El cuerpo se desplomó desde el barandal de la planta alta. Su caída
fue amortiguada por las pacas de marihuana. La sangre corrió entre
la yerba.
Panizo se entregó. No le quedó de otra.
Otros dos hombres también lo hicieron. Destruido un centro de procesamiento
de droga, afirmaron los periódicos. Tres detenidos, un muerto,
dijeron los noticieros de televisión, la radio. Sí. El moto
está muerto, tan muerto como los fusilados de Quebradilla, como
sus padres que tomaron el tren al cielo.
Maruja estaba desgajando una naranja mientras veía
la televisión, cuando en la pantalla pasaron escenas del "acto
ejemplar de la campana contra el narcotráfico en un barrio de Desamparados",
según la frase del periodista.
En la pantalla apareció el rostro ensangrentado
de José Blas. La naranja que ella tenía en las manos cayó
al suelo, como un cuerpo en un abismo, como una piedra al mar.
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