-“¿Tenes
fuego? En el quicio de la puerta pudo ver de pie e impávido, al soldadito de plomo con cara de angustia, con su casaca imperial roja, su fusil al hombro y la ausencia de una pierna. La discusión, mejor dicho el monólogo de él inició otra vez más, intentando con palabras resolver el conflicto, pero algo muy profundo dentro de sí había muerto, la credibilidad en ella, y con ello el respeto y la dignidad hacia la persona, también habían desaparecido la voluntad de continuar y el deseo de comprender una secuencia de conflictos sin pies ni cabeza. Con dolor soltó las palabras que sabía volverían a producir en ella el bloqueo mental que generaba el abandono definitivo, la transformación hacia su otra personalidad, la personalidad de hielo, de robot mecánico, y vomitó el dolor y el reclamo. Luego de ese capitulo ella volvió a desaparecer, dejándolo solo en medio del camino que conduce al infierno. En la soledad de la casa pudo divisar al fondo del comedor, el soldadito de plomo viéndolo con tristeza. -“Esta es la última vez, y no te permito más lloriqueos”. Le dijo con firmeza y mirada desafiante. El soldadito tornó su mirada al suelo y lloró en silencio. Pasó el resto de la semana con el lobo, acariciándolo con profunda tristeza, el lobo comenzó a aullarle a la luna para que la regresara, durante varias noches los aullidos podían escucharse en la calle de la amargura. El carnaval de mascaradas
inicio su procesión, el saltimbanqui, el tragaespadas y la mujer
barbuda llegaron a visitarlo, con su buena voluntad, con la comprensión
que les otorga el ser fenómenos, monstruos de circo que entretienen
al populacho. Lo regañaban con dulces palabras, como queriendo
exorcizar a la malvada, a la bruja que te ha hecho esto y recordá
que te lo hemos dicho una y mil veces, que ella no es mala persona, pero
que su mundo y el tuyo no se conectan, que no se puede amar y conservar
lo efímero por mucho empeño que se ponga, y aquí
Tragaespadas te trajo un postre para que te sintás mejor, y no
llorés, porque si no nosotros también lloramos, -“sana
sana colita de rana, ponéte un huevito para mañana”.
Y andá vos tragaespadas y calmás al lobo que si no va a
despertar a todo el vecindario con sus aullidos. De la pobre mujer ya casi nadie se acuerda, a veces es tema de sobremesa, especulando los personajes sobre cual será su paradero, sobre su mundo de autoengaño y confusión, y al final todos teníamos en el rostro la típica sonrisa que más o menos decía: -“Pobrecita la sirenita, tan buena pero tan perdida en su oscuro mar de falsedad”. Y procedíamos a servir el aromático café luego de tan opípara cena, hasta en una próxima sobremesa en que talvez por accidente volveríamos a recordarla. A veces, si
se tiene cuidado y sensibilidad, algunos podrán ver en medio del
bullicio de la calle de la amargura, la triste figura de un soldado de
plomo cojeando, utilizando su fusil como muleta, con su flamante casaca
roja imperial, botones de oro, su bota impecablemente lustrada y una cara
de tristeza ya que no tiene a quien servir. |
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