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Hasta que la muerte no se pare
Luis Chaves

Tomado de el periódico La Nación

Uno. Son novios y de las vacaciones pasadas conservan, secretamente, un mismo recuerdo que es más o menos este: la joven de las trenzas, rubia, en bicicleta, atravesando el cruce peligroso, transitado, mirando a ambos lados, una mano en el manubrio, la otra llevando el cigarro a sus labios. Ahora, en el recuerdo, pasa y la ven desde atrás. Entre el borde de su miniseta y la cintura de su blue jeans, la franja de piel de una espalda bronceada cubierta por una fina película de vellos dorados. Allá va, pedaleando, fumando, dueña del asfalto, del sol, del viento, de la juventud, de unos calzoncitos blancos que se le adivinan bajo la mezclilla. No los ve siquiera. A los novios que, petrificados en la esquina, tomados de la mano, la miran en silencio, conscientes de que a los dos les gusta. A él porque le parece menor de dieciséis, a ella porque es bisexual.

Dos. Si la felicidad se midiera por cantidad de electrodomésticos, la suya sería una casa triste. Si la tristeza se pesara en kilogramos, Cecilia sería una mujer feliz. Anoche cenó sin apetito, sin masticar y sin compañía. Pensaba en cosas que ignoramos porque en este párrafo no hay narrador omnisciente. Solo se pueden describir algunos hechos y situaciones: el lento goteo de las medias lavadas a mano escurriéndose en la ducha, las piernas flacas cruzadas bajo la mesa, su gata renca restregándosele, el rumor de la actividad nocturna y familiar de los vecinos de arriba a quienes desde hace un año dejó de saludar.

Tres. Sobre el escritorio de formica, la novela de doscientas páginas abandonada en la cien. Alina llena de agua el vaso, segura de que tomará solo la mitad. Miope, se quita los anteojos para escribir sobre un papel con membrete de hotel barato la lista de pendientes que arrastra desde el Año Nuevo. Ya distraída, rellena las "o" del membretado y luego garabatea una serie de trapecios superpuestos: la representación gráfica de una mente que se desliza de lo concreto a lo enigmático.

Cuatro. Una goleada no es el fin del mundo. Pero se le parece. Eso es lo que siente Ismael mientras lee, al final del día, el periódico de la mañana. En cuatro años de vivir en este país ajeno, a su timbre solo llaman las entregas de comida a domicilio. Pero eso no le importa, como tampoco le preocupa el calentamiento global, las misiones a Marte, las propiedades curativas de la ruda. Es tarde y después de programar el despertador apaga la luz y, mientras entra despacio al umbral del sueño, ve el brillo de las bengalas que cuando niño sostuvo con su brazo pequeño en alto, fulgurantes contra el cielo negro y sin estrellas de una noche ya lejana en el tiempo y la distancia.

Cinco. Hoy es jueves por la mañana y los novios, Cecilia, Alina e Ismael viajan todos en el tren que va para Atocha. Ninguno llegará a tal destino. Los otros porque en cuestión de minutos van a morir desmembrados. Ismael porque, después de esconder su mochila bajo el asiento, bajará tres estaciones antes.

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