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Este artículo fue
publicado el 01 de Julio del 2001 en la revista Ancora del periodico La
Nación de Costa Rica.

"El camino de mi pintura
es no pensar" Ana Martén
Aurelia Dobles
80 obras -la mayoría
en gran formato- de la artista Ana Martén, en el Museo del Niño
desde el próximo martes, revelan una obra, y una persona, en constante
evolución.
Cuando me la topé después de algunos años de no verla,
me impactó la fuerza nueva que resalta en toda la humana presencia
de Ana Martén. Aquella dulce, suave y gentil pintora del grupo
Bocaracá es otra siendo la misma. En vísperas de cumplir
40 años, más rotunda, más terrenal, más energética,
más honda. Curiosamente más presente. Y su pintura ha dado
un vuelco total.
Una Ana liberada
de un montón de "ilusiones" se vuelca dentro de sí
misma para extraer una exultante danza de colores. Como si en una hipotética
clase de yoga, ella estuviera concentrada en una de las posiciones de
la Guerrera, con la mirada incisiva en un punto más allá
que parece afuera pero está adentro. Y de ahí fluyen sin
cesar unos acrílicos sobre tela que te dejan sin aliento: dan ganas
de volcarse dentro de las telas para circular en esa poderosa energía
no racional pero profundamente sabia, tanto que el sentido estético
surge de aquel torbellino en forma pasmosa, pero se sabe que no proviene
de la mente; sucede en otra parte.
Sus telas del
2000 y 2001 son poderosos movimientos, abstracciones llenas de voluptuosidad,
como si fueran orgasmos de colores. Su obra, tan característicamente
femenina desde sus inicios, incorpora un nuevo sentido de la femineidad
no precisamente débil.
Y no es solo intuitiva:
alguien podría comparar sus pinturas con la espontaneidad infantil,
sin embargo reflejan la libertad de una adulta misteriosamente niña.
La exposición En proceso, que se inaugura el próximo martes
3 de julio en la Galería Nacional del Museo del Niño, revela
la evolución de Ana Martén en un periodo de 20 años.
Aquellas obras que tenían horror al vacío, con delicados
trazos que seguían el hilo fino de la naturaleza, su amor por las
alfombras orientales y el ejercicio artesanal, quedaron atrás.
Ha sido paulatino desde los ochentas.
¿Y cómo
se ve ella misma en estos 20 años?
"Me parece que la obra ha sido muy autobiográfica, pero reconozco
que no tengo la capacidad de interpretar lo que pinto en el momento. Mi
trabajo es pintar, no entender. Cuando me sucede la vida me doy cuenta
que la había pintado hacía unos años, sin caer en
el error de querer ver la obra como si fuera un tarot, porque no es así.
Hay muchas cosas que he creído que son personales y a lo mejor
no: en realidad uno es como una antena, y algunas de mis obras tienen
que ver con el planeta tierra".
La naturaleza como brújula
Entonces, ¿hay constantes en su obra?
No se trata ni del horror al vacío ni del arts and crafts, importantes
antes: "ahora estoy en la abstracción: pura energía
y color. Hace años que no uso cera por un asunto de salud: aquella
influencia del papel corresponde a la etapa del 84 al 89. A partir de
los noventas pinto solo acrílicos sobre tela, siguiendo una pulsión
energética".
"Cuando empecé, eran el tema del agua, los peces, la naturaleza,
el horror al vacío, porque tomé la alfombra oriental como
objeto de meditación. Después de eso apareció la
figura un poco más estructurada en piezas muy grandes, y después
las figuras salieron de la estructura y empezaron a flotar".
Ana, en su lectura biográfica, determina tres momentos claramente
diferenciados: los embarazos de sus dos hijos, y la muerte de sus abuelos
en el 96.
"Ver nacer y ver morir se relaciona íntimamente con lo que
se trata la vida".
Para el embarazo de María, su pintura se decantó por lunas,
círculos, caracoles, y con el de Sebastián, por relojes,
el tiempo, el espacio, la arquitectura griega.
"En el 96 me obsesiono con los manuscritos iluminados, regresar a
la palabra de origen religioso, en conexión con la naturaleza,
que es mi búsqueda, pero ahora esta va cada vez más profundo,
hacia capas más hondas dentro de mí. El camino de mi pintura
es no pensar".
En estos momentos, luego de asimilar fuertes experiencias de meditación,
Ana considera la creación pictórica como su camino para
conocerse a sí misma.
"Te va revelando cosas de tu vida de las que no estás consciente.
Yo nunca he llevado mi pintura, sino que mi pintura me ha llevado a mí
hacia adentro y hacia un proceso espiritual muy fuerte, que culmina en
el 98".
Tierra para embarrársela
"Llega un punto en la vida en que no podés pedir más,
porque lo tenés todo: hijos, una excelente relación de pareja,
una casa preciosa, y una gran libertad como artista. Lo que sigue es dar.
Yo empiezo a buscar de qué se trata esto realmente, quién
era yo realmente y cuál era mi misión. Esto me llevó
a una meditación que practico hace tres años y llegué
a un lugar muy profundo dentro de mí: quién soy y a qué
pertenezco. Entonces me convertí al abstracto".
Y además, replanteó todo en su vida personal.
Ana siente que uno es un canal de información de su propia alma
y que hay que dejarse fluir, para no paralizarse ni fundirse. "No
me planteo si lo que hago sirve o no sirve, sino que es algo que debo
documentar, que tiene que salir de dentro de mí".
El proceso ha sido tal, que ahora trabaja directamente con las manos,
por un gran impulso de entrar en contacto con la pintura. Incluso quiere
pintar con otras partes del cuerpo, pero no ha encontrado el material
adecuado. "No sé si lo voy a hacer, pero tengo la necesidad
de embarrarme de pintura".
El tema del planeta tierra continúa pero se ha transformado en
su manera de decirlo.
"El cambio, la búsqueda va a continuar, y no se sabe adónde
me va a llevar".
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