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Rafael Ángel Herra
Tomado del periódico La Nación
La
frase lapidaria todavía me da estremecimientos
de temporal. Se la oí decir no recuerdo a quién, hace ya
mucho tiempo. Dijo: en otros lugares esconden la basura; en Costa Rica
la exhibimos.
Tal
vez la primera frase sea verdadera; la segunda, por desgracia, también.
La basura por sí misma no es ni buena ni mala
-hablo en sentido moral-, pero sí dice mucho de la sociedad que
la produce y de sus marcos morales. También revela rasgos de su
vida política e incluso -¿quién lo va a poner en
duda?- de su estética del gusto.
Mirar
un basurero permite auscultar a quien la produce, lo que consume y desecha.
Recuerdo un museo francés dedicado al tema de la evolución
natural y social, uno de cuyos motivos eran dos muestras de basura: la
primera, rescatada de los sedimentos medievales del Sena; la segunda,
recogida en cualquier basurero de nuestra época en una sociedad
de consumo. Había en los restos de la Edad Media un poco de barro,
tiestos, huesos y, en muy pequeña proporción, rémoras
de vidrio y metal. En el otro conglomerado de cosas se veía un
autorretrato del despilfarro contemporáneo: aluminio, madera, hierro,
telas, papel, plástico, alimentos, etcétera. La evolución
social mostrada en esos dos ejemplos parece decirnos que a más
avance más erosión del medio natural de la civilización.
La basura, en fin, es un resultado del progreso civilizatorio.
País
hacia el abismo
La llamada modernización ha arrollado a Costa Rica como una jauría
de camiones enfurecidos. Nadie, por desgracia, ha sabido tomar medidas
urbanísticas frente a las demandas crecientes de transporte, circulación
y manejo de desechos, aguas negras, contaminación de ríos
y costas y cuencas hidráulicas. La sabiduría política
que existió en otros dominios de la gestión social y en
la vida institucional costarricense, faltó aquí; más
bien la parálisis, la incapacidad de tematizar los problemas y,
sin duda, los juegos de interés empujan al país hacia el
abismo.
Un
hermoso sistema de exhibición de la basura, entre nosotros, es
la técnica de canastos elevados. Hasta ahí no se arriesgan
los saguates hambrientos. Tampoco se aventuran los gatos ni el zorro pelón
que habita en el cielo raso de cada costarricense. No, ahí no merodean
las ratas ni los animales comunes y corrientes, ni se posa el zanate o
el bobo, pero sí llega, sí se arriesga el bicho más
inteligente de la evolución natural. Ya lo he visto (y no oculto
mi rabia y mi vergüenza), ya lo vi rompiendo las bolsas y desparramando
por el suelo el contenido a ver si aparece algo de utilidad. La bendita
basura otra vez... Y los dolores de la condición humana.
En
un documental televisivo sobre formas extremas de supervivencia en megaurbes
vi esta escena captada en alguna ciudad de la India: La cámara
enfoca primero a un operario cerniendo arcillas de colores: bermejo, amarillo
de Siena, azul de Prusia. El polvo estalla y se derrama. Las nubes lo
bañaban y le tiñen la piel. Después el hombre se
lava con el líquido de un aguamanil. La cámara sigue el
chorrillo rojo que corre hacia un caño paralelo a la calle. En
ese caño de aguas negras chapotean tres hombres, hundidos hasta
la cintura. Cargan una canasta a modo de mochila en la cual van echando
lo que encuentran de utilizable en el fondo del caño...
Basura, basura una vez más. Y la terrible necesidad
de vivir.
Basura, sí, pero ¿por qué tenemos
que mostrarla de modo tan obsceno en Costa Rica? Nadie la recoge. Está
ahí, desparramada, como una confesión pública.
¿Separar desechos? ¿Reciclar? ¿Producir
energía? ¿Aplicar un sistema de recolección?
¿Y las municipalidades?
¿ Qué podemos decir? El hombre político no se ocupa
de la basura. La evolución social no ha llegado aún a ese
punto.
La basura es un grito estridente.
En Costa Rica.
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