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Sed de Vivir


1992, Playa Carate, límite sur del Parque Nacional Corcovado, Península de Osa, caminando por la playa encontré un orero.

- "Bueno, aquí uno pude extraer oro de la playa sin tener problemas con la ley, antes nosotros extraíamos oro de lo que hoy es el parque, pero luego no nos permitieron entrar más, algunos lo hacen, pero saben que es ilegal, y se la juegan, a veces con éxito, a veces se tienen que enfrentar con los guarda parques, y entonces la cosa se pone fea, el asunto se resuelve a pura bala. Pero extraer oro de la arena de la playa no es prohibido, lo que pasa es que no es lo mismo, uno aquí en la playa saca menos. Por ejemplo, yo aquí me la paso todo el día en este plan y puede ser que saque un gramo de polvo de oro, luego ese polvo yo lo quemo con azogue en un sartén, y el oro se junta en una sola pepita. Ese oro se puede cambiar por víveres y otras cosas necesarias allá donde Morales, en la mina abandonada, el allí tiene un abastecedor y nos cambia el oro, el podría darnos dinero, ¿Pero eso de que sirve aquí, si ese es el único comercio que hay alrededor?"

Mientras me explicaba observaba sus condiciones de trabajo, en medio de la playa, en medio de nada, estaba este hombre relativamente joven, con la piel curtida por mil soles, con un aparato parecido a una canoa en declive, con un cedazo al principio de la canoa, y un trozo de alfombra verde plástica al final, el hombre daba unos cuanto pasos hacia el mar, recogía agua del mar con un porcentaje de arena, lo echaba entonces en la canoa, e iba y traía mas baldes de agua, lentamente los iba depositando en la canoa, el agua asi, impulsaba por gravedad la arena que discurría por entre el aparato, y luego de mucho rato de lavar y lavar la arena, al final de la canoa se iba depositando el polvo de oro.

Carate se le llama a esta zona porque los ríos aquí producen unas llagas en la piel que en el campo se le llama carate, es una ulceración de la piel producto de la alta concentración de oro, en especial existía en un río llamado carate con una mina al lado, pero hoy ni la mina ni el río existen, la mina porque no hay río, y el río desapareció por la explotación de la mina, nunca creí poder observar un río muerto, pero si, existen los ríos muertos, simplemente el río desapareció.

-"Bueno si hay algo que le puedo decir de esta vida que yo tengo, es que estoy tan cansado de escuchar el mar, ese ruido constante de las olas, sonando una y otra vez, a veces siento que me vuelvo loco, ¿Pero que puedo hacer? Aquí no hay trabajo alguno, aquí estamos abandonados a la mano de Dios, talvez usted pueda conseguirme trabajo en el hotel ese donde esta usted trabajando…"

Yo estaba pasando unos días cuidando un albergue allí, para que el gerente pudiera salir y visitar a su familia en San José. Estuve un rato mas charlando con aquel hombre y luego seguí mi camino.

Esa noche ensille el caballo y me fui a visitar a Morales, yo ya lo había conocido inmediatamente aterrizamos en una avioneta en Carate, el llegó a saludarnos y me pareció una persona muy amable y cortés. Por supuesto que fue alucinante el viaje, me tomé una fanta kolita y escuché sus historias, sobre la mina, sobre su vida, sobre el oro, me mostró la romana para pesar el oro, las pepitas que tenia guardadas, me habló sobre su situación, y dijo textualmente:

Idiay Javier, ¿Que le puedo decir? Aquí estoy, tratando de descifrar si estoy en un infierno o en el paraíso." Por azar del destino Morales había quedado en posesión de una parcela considerable, el abastecedor, y una familia anhelándolo en San José, en días festivos y vacaciones los suyos venían a verlo, en su mirada se notaba la tristeza de los hombres que deben permanecer solos en procura de un patrimonio para su familia.

Retorné al albergue, la noche estaba clara, con luna llena, las olas en Corcovado producen luz al estallar, no es mucha luz, pero es luz, se debe a alguna reacción química de los microorganismos existentes en el agua, se llama bioluminiscencia me dijo una vez un colega.

Entre la luz de la luna y la bioluminiscencia, mi mente divagó, al paso lento del caballo, y me debatía entre la riqueza de la experiencia en dicho viaje, y el dolor y tristeza de los habitantes que encontraba.

Esa noche dormí intranquilo en mi tienda de campaña cerca de la playa, el calor era intenso y lo agreste y alucinante del lugar me sobrecogían en el mismo sueño, pero un amanecer en plena cara, y las bandadas de lapas surcando el cielo azul con su escándalo de graznidos me despertaron súbitamente.

Calle Amargura, San Pedro, desde el balcón de mi casa once años después...

De Morales supe que fue asesinado por un orero hace unos años, un mal tipo le disparó estando en su abastecedor.

De aquel hombre cansado de tanto escuchar las olas del mar no supe nada mas, hoy, tantos años después, aun pienso en él y medito sobre tantas cosas relacionadas al tema…

Todos tenemos una historia, una esperanza, una ilusión, algunas ilusiones se cumplen, otras historias se tornan tristes.

Pero al final, desde este balcón, pienso que tanto el hombre solitario de la playa, como Morales… como yo, somos solo eso, un cúmulo de anhelos y esperanzas que se mezclan con dolor y tristeza, y eso, es todo lo que tenemos: sed de vivir.


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