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Mi Mentira.

Me pregunto ahora, dos décadas después de que como aficionado hice mi primera exposición de esculturas si, tal como entonces, sigo jugando lo que no me fue posible durante mi infancia. Lo cierto es que durante todo este tiempo he estado disfrutando el trabajo escultórico como si fuera juego de niños. Así lo siento, así lo gozo, así también lo sufro y no pretendo más.

Me pregunto pues si es que ahora me esta tocando hacer lo que quise y debí haber hecho cuando niño: juguetes, muebles, animalitos, casitas y muñecas. La respuesta puede ser en apariencia muy fácil: cuando hace veinte anos y sin proponérmelo surgieron las primeras esculturas ( a lo cual me aficione de inmediato), fue cuando comenzó a desenfrenarse el potencial expresivo que había reprimido durante las cuatro décadas ya vividas y que había dedicado a otros menesteres.

Desde entonces, dos ideas principales han estado presentes en mi lenguaje escultórico: lo marino y lo femenino. En el primer caso la explicación se encuentra -puedo asegurarlo con la mayor firmeza- en la necesidad de seguir siendo niño, o de volver a serlo. De ahí la persistencia de vivencias que se grabaron muy solidamente en mi memoria, cuando y durante mi infancia contemplaba embelesado las bandadas de aves volando rasantes a lo largo de la costa, y a los grupos de peces deslizándose bajo la tenue transparencia de la superficie del mar, y a los reptiles asoleándose inmóviles sobres las rocas del litoral.

En el segundo caso -y no por convicción- porque he venerado desde que me acuerdo el sagrado fenómeno de la femineidad, que muy en especial encarna la hembra humana, este hermoso ente biológico que se acerca tanto a la naturaleza animal y a las flores: instintiva, intuitiva, procreadora, perpetuadota y además, deliciosamente posesiva. De ahí pues los torsos: sensuales, evocadores de un ideal de belleza, nada mas.

No es que estos razonamientos, por escuetos y discutibles que sean, hayan constituidos preconceptos ni persuasiones. Lejos de lo anterior, han sido las propias obras, surgidas con fuerza primitiva e irrefrenable desde lo más hondo de mis entrañas, las que me han estado ayudando a formar una explicación del mundo tal como lo percibo y lo interpreto.

Es que tanto como ocurre con las necesidades consideradas como básicas la vida nos plantea otras igualmente valederas; por ejemplo: para subsistir y sin ser conciente de ello, uno necesita construirse sus propias y distintas realidades, con lo que suele engañarse, ser engañado y engañar a nuestros semejantes; uno necesita escapar de la realidad y refugiarse en otras no necesariamente admitidas. Además nos es difícil aceptar que somos mortales y cósmicamente insignificantes, por eso es que necesitamos abrazar creencias; inventamos dioses y demonios y nos forjamos la ilusión e la trascendencia del mas allá; con ideas tan dadas por ciertas como la resurrección, la reencarnación y la inmortalidad del alma, Somos concientes de nuestra racionalidad, pero nos es difícil aceptar que tal facultad seguramente es un índice de nuestra inferioridad biológica respecto a las restantes criaturas vivas, para quienes el tiempo no transcurre, ni se oponen el bien contra el mal. Para afianzar una existencia segura necesitamos olvidar que pertenecemos a la tierra, nos apropiamos de ella, y la defendemos a muerte; acumulamos mas bienes de los que necesitamos, sin ocuparnos de los que necesitan los demás y cerramos puertas y cajascon llaves para defendernos de nuestros semejantes, los seres humanos. Atesoramos dinero sin percatarnos de que así desaprovechamos el producto excedente de nuestro trabajo y con ello nos exponemos a ser despojados por nuestros semejantes, los seres humanos. Construimos las mas variadas estructuras de poder para que el hombre útiles al hombre ; levantamos fronteras, protegemos nacionalidades, damos la vida - y muerte - por la patria ; nos separamos por razas y por creencias y nos autodestruimos en las guerras. Desde siempre nos hemos empeñado en llevar a la práctica ideales de organización social, pero olvidamos que los sucesivos fracasos se deben a que el ser humano no cambia ni con los milenios. Adicionalmente, nos atrae enterarnos del perjuicio ajeno y, por otra parte, veneramos a los excepcionales, sean estos iluminados, genios, líderes artistas, cantantes o futbolistas.

La historia se repite día con día y así por los siglos mientras existamos los humanos. La mismísima historia que ya conocíamos desde mucho antes de que los romanos paganos crucificaron y torturaron cristianos y que ha seguido y seguirá mucho después de que los romanos cristianos cremaron y torturaron infieles y herejes.

Con todo soy optimista. Afirmo que mientras en la tierra haya nubes en el cielo que se tiñan de colores al atardecer, mares que dibujen a lo lejos el horizonte, y hembras que se ocupen de perpetuar las especies vivas, esta vida con la que me premio el destino - mi única oportunidad en el cosmos- vale la pena vivirla en cualquier momento y lugar, cueste lo que cueste.

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