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Texto y Fotografías por Javier Martín

Este era el punto en el que todos los días, y a cada rato, los buses quedaban atrapados en la estrechez extrema de la intersección de la calle que había sido diseñada en aquellas épocas en las que San Pedro de Montes de Oca era un conjunto de fincas, repastos y plantaciones de café, que servia de parada a las carretas de bueyes, para abastecerse y descansar en el trayecto desde o hacia Cartago la antigua capital.

 

La calle no podía albergar a tanta gente: estudiantes de paso hacia el alma mater, trabajadores y profesores de la universidad, dueñas de sodas con bolsas de mercado que rebosaban en apios, cebollas, ajos, y otros abastos, estudiantes que se quedaron en los bares en vez de ir a clases, jóvenes atorrantes, atolondrados y despreocupados soltando oleadas de hormonas juveniles a los cuatro vientos en el marco de una gritería ensordecedora y constante que celebraba lo que fuera, que el Saprissa quedaba de campeón, que la séle había clasificado, todo, cualquier excusa era utilizada para despotricar en constante bullicio y jolgorio. En torno al cuadro, la pequeña calle -mas deberíamos decir callejuela- se atiborraba de vehículos estacionados en la acera con franja amarilla que indica claramente la prohibición de estacionar, y a la cual los dueños de los vehículos hacían caso omiso, y aunque en constante migración los dos policías de transito pasaban metódicamente escribiendo boletas de infracción que se anexaban a los parabrisas de los autos, la cosa no pasaba a más, ya que igual dejaban los autos estacionados en lugares prohibidos que obstruían el paso mientras ellos bailaban y gozaban en los bares con música a todo volumen, al son de la salsa, el regué, el rock pop, el acid rock, el merengue y otros híbridos producto de las más recientes fusiones de géneros musicales, mientras afuera en la calle, la hilera de parabrisas de los autos transgresores se iba vistiendo de las boletitas en rosado que asemejaban a la distancia guirnaldas coloradas que sonreían al bullicio, la algarabía y el vacilón.

 

El bus esta vez era un blue bird clásico, pegado en la intersección de la callejuela con el avance obstaculizado por un nissan sentra gris burócrata, dentro del bus, -diseñado para climas fríos- un contingente de usuarios desesperados era cocinado a fuego lento por la hojalata calcinada al sol tropical del medio día y un cielo sin el menor vestigio de nubes que calmaran el picor, el látigo salvaje con que el sol cocinaba las almas de los mortales dentro del bus. Se les podía ver a estas pobres personas sudar y sudar, abanicándose con el periódico, con revistas, con telas, con bolsas, con libros, con las manos, con lo que fuera, cualquier cosa sirve para producir un poco de viento, aunque sea momentáneo -efímero- aunque producir ese instante de frescor en un diminuto punto de piel ardiente genere más calor, que se suma implacablemente a la brasa interna que los consumía lenta pero inexorablemente a todos dentro del bus, un poco lo que sentían las langostas al ser hervidas vivas en cazuelas al aire libre por las negras limonenses que preparaban el ron don con coco en la calle de la Amargura, según la receta milenaria inculcada por transmisión oral de generación en generación desde los albores del tiempo, desde antes de que llegaran los negros esclavistas de las tribus vecinas en el África, a capturar almas para mercadearlas luego con aquellos primeros holandeses que iniciaran el trasiego de esclavos por entre todas las islas del caribe, -entre ellas jamaica- tierra desde la cual ingresó el contingente de negros al país para la construcción del ferrocarril de mr keith, con el jaqui, la malanga, el ron don, el paty, el plantinta y el rice and beans, entre muchos otros platos y frutas.

 

 

El chofer, un pobre hombre sometido al embrutecimiento por calor y ruido provenientes del sol y el motor, solo acataba colgarse de la cuerda accionadora del claxon, claxon que al principio cantaba y cantaba, un canto lastimero de peticiones ahogadas en calor, después de un rato de espera, el canto se transformaba en queja, luego en grito, posteriormente en aullido, para al final rematar en alarido que iba en crescendo, agregando más decibeles a la sopa ensordecedora del momento, el claxon martillando el aire caliente, al aire ardiente que distorsiona el horizonte, aunado a las diferentes músicas ensordecedoras y la sirena de una patrulla chillando detrás del bus, histéricos los policías sumidos en la impotencia, por la imposibilidad de avanzar y llegar puntuales a la cita con un delincuente que los esperaba minutos atrás donde la señora de la casa anda histérica gritando y sollozando de un lado a otro en pijamas de medio día, luego de ver al ladrón salir huyendo con el tele al hombro mientras el perro meneaba la cola como despidiéndose y sintiendo nostalgia por su ausencia.

 


El chofer no puede hacer más que bajar e ir a buscar personalmente al dueño del auto mal estacionado que impide el paso, pero teme dejar la caja con el dinero a merced de cualquiera que podría llevársela al instante de haber dejado el bus, piensa en cerrar la caja con llave e ir en procura del personaje siniestro que sin querer ha detenido una arteria de la ciudad en la zona de San Pedro, pero recuerda que olvidó la llave en el bolsillo del pantalón que a ultima hora –maldita sea- decidió quitárselo y ponerse el otro, el azul que según ella le hacia ver más atractivo, odió el instante en que decidió hacer tal estupidez, decide por fin encomendar a una “novia” que tiene a su lado, una damisela atractiva, que aunque la conoce recientemente se mira cándida, con el rubor en las mejillas, cara angelical y piel de canela adolescente, - como la tierra de leche y miel más la pureza de de un convento, futuras mujeres de iglesia- la labor de custodiar la caja con dinero y emprender la búsqueda del dueño del auto mal estacionado en medio de un mar de gente eternamente cantando, bailando y gritando a viva voz toda clase de improperios contra el orden establecido y la norma por pequeña que fuera.

 

Salía a su balcón a saludar el día, en su mundo de escritor habiase sustituido el trinar de las aves y el murmullo del mar, por el motor encendido del auto blindado del banco de San José que aguardaba por los valores ganados la noche anterior, por uno de los bares de la calle que resulta tenia la oficina y bodega debajo de su apartamento y era saludado todos los días por aquella procesión de mercaderes del disfrute nocturno que se presentaban en las mañanas a nutrir las bodegas con cerveza rubia de Bavaria, cerveza negra de Bretaña, espíritus etílicos traídos de lejanas tierras con nombres atractivos haciendo alusión a sus raíces étnicas, como el Frangelico y el Amaretto italianos, el tequila mexicano, el sake japonés, el vodka ruso, el pisco peruano, el ron antillano, el Armagnac y Cointreau franceses, la coca gringa, los tabacos negros y los tabacos rubios, los chicles anglo sajones y los ingredientes cantábricos y mediterráneos de las pizzas italianas.

 

 

Al lado de su balcón una construcción se ejecuta, un edificio que será otro centro nocturno, un obrero de la construcción asoma su cara al balcón y lo saluda solicitándole le invite a unas bocanadas del cigarro de tabaco indostánico con que combina su café de la mañana, ya está por terminarse el cigarro y se lo obsequia.

 

 

Torna su mirada a la calle y le llama la atención ver a una muchacha muy atractiva con cara angelical pasar frente a su balcón a paso acelerado, velocidad crucero, como no queriendo llamar mucho la atención, con una caja metálica que obviamente pesa ya que se nota en su manera de andar.

De los usuarios que parecían langostas al vapor, todos huyeron en desbandada, buscando un refresco y un trozo de sombra en la calle de la amargura, entre los sonidos estridentes, las aceras maltrechas, las esquinas de edificios con olor a orines y un borracho con maraca de bebe bailando Juana la cubana, en la esquina de los tambores donde las negras cocinan el rondon y las langostas.

 

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