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Texto y Fotografías por Javier Martín

Hace como 15 años pensé que podría ser guía de turismo, entonces no tenia ni la menor idea de lo que estaba por iniciase en mi vida, una profesión única, un trabajo hermosísimo e increíble.

Hoy mi mente esta llena de tantos recuerdos interesantes, apabullantes, tensos, tristes, alegres, melancólicos. Recuerdos que erizan la piel, paisajes de atardeceres, cascadas, bosques, nubes, ríos, mares, volcanes, gente extranjera, gente local, historias humanas de mas allá del atlántico, del hemisferio.

Un colega me contaba de un estudio que se realizó como tesis de grado cuyo tema era la sociopatía de los guías de turismo, su comentario decía que estaba demostrado que la vida útil de un guía de turismo era de siete años antes de convertirse en un ser sociópata.

Cuando escuché tal comentario sentí que era la pura y franca verdad, y descubrí que no era el único que sostenía lo que hasta ese momento consideraba yo era una mera apreciación personal; un juicio de valor.

Pero como puede suceder tal cosa? ¿Como puede una profesión tan hermosa, tan enriquecedora a nivel intelectual, emocional, artístico, humano, transformar a una persona y llevarla a diferentes grados de sociopatía según sea su personalidad? ¿Como puede darse una paradoja a ese nivel?

La respuesta por supuesto no es sencilla, mis conocimientos en psicología son escasos y muy empíricos, pero fui guía, se de lo que se trata, es más, me entrené como guía de historia natural, con una especialización en botánica y un pequeño énfasis en etnobotánica, mi mayor conocimiento es la flora de la zona de vida de bosque premontano muy húmedo tropical del Braulio Carrillo, quizás la franja más prolija en biota de todo el parque.

 

Mi compromiso cuando era guía para con mis pasajeros era el adecuarme a sus necesidades, yendo estas desde la más sencilla explicación del ecosistema y sus interacciones, expuesta a niños de kinder, hasta una clase magistral impartida in situ a estudiantes de maestría en biología tropical.

Puedo decir que pese a ser una profesión única e indescriptible, así es de extenuante, agotadora a nivel físico y sobre todo a nivel psicológico. Como guía debe uno actuar en muchos roles como lo son: amigo, confidente, maestro, compañero, psicólogo, interprete y mucho mas. La carga de presión psicológica que se debe emplear para que el tour sea una gran experiencia para los clientes se consume una alta dosis de nuestra vida que sobrepasa las expectativas de cualquier otra profesión.

Recuerdo cuando regresaba de una gira, o de muchas, y lo maravilloso que se siente estar en casa y solo, o con tu pareja, -que la pareja exista en un guía es otro tema de conversación dentro de este análisis, ya que la pareja sufre en carne propia la institucionalidad de la separación como modus vivendi-. Pero volviendo al tema regresar a casa es lo máximo para un guía, finalmente puede ser él otra ves, en ese sentido, el guía se parece a un actor de teatro cuya obra dura varios días, con muy pocos descansos reales, ¿Quien realmente puede descansar en medio de una presentación?

Pero a mi juicio lo que más destruye a un guía es un conjunto de factores que tienden a mezclarse, de ahí que lo he definido como un síndrome, y lo llamo el síndrome de ser guía.

Un guía es sometido como todos los actores a vivir una irrealidad, ese es su trabajo, cuando en mis días de guía daba mis charlas en medio del bosque, podía ver las miradas atónitas de los y las pasajeras, sus rostros boquiabiertos, descubriendo a través mío un mundo que solo se había visto en tele, y que como vivencia, esta experiencia comparada con la tele, superaba en mucho cualquier expectativa que se hubiera formado con anterioridad al viaje.

Es difícil describir las emociones de los pasajeros, su asombro se traduce en anododamiento, automáticamente, si el guía es encantador, se genera un raport muy fuerte entre los pasajeros y el guía, una especie de enamoramiento, embelesamiento que nada tiene que ver con el aspecto sexual mas con el aspecto meramente humano, sentimental. Que a veces ese sentimiento desemboca en propuestas sexuales hacia el o la guía, es otro tema de conversación que haremos tarde o temprano en este análisis.

La admiración más el desconocimiento llevan al pasajero a sobrevalorar al guía, imaginan que es capaz de matar un jaguar con sus manos, arrancarle la piel con los dientes, y cubrirse con ella para protegerse del frío, todo en un santiamén. No logran ver que talvez el guía que tienen enfrente, es un niño urbano, un chico plástico jugando de explorador.

Los pasajeros en su mundo de inmersión súbita que están viviendo, no son realmente ellos, ¿Quien estando de vacaciones y disfrutando va a estar de mal humor? Lo normal es que durante una viaje, la excitación se apodere del pasajero y lo mas hermoso de si aflore durante la experiencia del viaje. Es en ese trance de ambas partes, (pasajero y guía viviendo una irrealidad, un sueño), en el que se da el síndrome de ser guía, el guía empieza a ser sobre estimulado, su cerebro irriga mas dopamina de la que hace falta toda vez que escucha perennemente la frase: -"Que buen guía que es ud. Que experto, como lo admiro". Así como nos enamoramos del personaje principal de la película, nos enamoramos del guía en el tour, solo que los pasajeros vuelven a sus casas, y al hacerlo, vuelven a sus vidas, donde las cosas cuestan, donde se tiene un trabajo y un humor que quizás no es el que hubieran deseado, pero eso, se llama realidad, mientras, en aquel bello país tropical llamado Costa Rica el guía de nuestra historia vuelve a repetir una y otra vez el tour, la obra de teatro, con más dopamina, con más sobreestimulo, hasta que en algún momento del proceso, no me queda claro cuando ni como, el guía empieza a creer que todo es cierto, que es verdad que el o ella son lo máximo, absorben el sentimiento del pasajero y lo incorporan a su vida, ya el guía no es mas aquel muchacho humilde y deseoso de aprender, un pupilo del bosque, ahora es un personaje macabro, una especie de fantasma de la opera neotropical, desfigurado, creyendo que de verdad es un semi dios, o sea... un sociopata.

Yo nunca guié mas de dos o tres años seguidos. Sentía al final de tres años que estaba empezando a odiar al pasajero, lo cual me resultaba altamente contradictorio, por suerte siempre tuve otras fuentes alternas de ingresos, y pude así descompresionar en descansos de uno o dos años entre periodos en los cuales fui guía. Hoy entiendo porqué ocurría eso, la profesión aunque muy especial destruye al ejecutante, los guías debemos tener profesiones u oficios alternos para descansar y prolongar así un poco ese periodo de vida útil estimado en siete años.

 

Yo luego de tanto recorrer el país, de tanto haber vivido experiencias enriquecedores, a veces veo el volcán Irazú desde mi balcón, y pienso.... ¿Como estará el puma que vi en rió Madrigal, Corcovado? ¿Que habrá pasado con aquel hombre gringo varado que alguna vez encontré en la frontera, en el rió San Juan? ¿Como estará cantando hoy el jilguero en Monteverde?

 

Pero aunque mi corazón palpita al pensar en esto, y a veces ardo en deseos de armar mi salveque y partir a averiguarlo, me tranquilizo pensando que siento una paz de encontrarme en casa, de haber surcado ese momento de mi vida sin hallarme hoy sociopata, un poco ermitaño talvez, quizás fueron muchos los años que guié, puedo hoy decir que me encantaría guiar de vez en cuando pero que mejor no, que ya eso no me corresponde, que debo permitirme avanzar en otros menesteres de mi vida como el sitio en Internet por ejemplo.

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