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¿Otra vez domingo?

Luis Chaves

Tomado del periódico ¨La Nación¨

Fotografías por Javier Martín

De madrugada se acostumbra decir hoy (sábado) a lo que técnicamente ya es mañana (domingo), y no es sino con la distribución del periódico cuando se acepta el inicio del día que arrancó sin pedir permiso. Si me encuentro leyendo estas palabras, ahora que compro La Nación porque me publica, es señal de que el sábado terminó.

Nunca he disfrutado los domingos y todavía hoy no comprendo la generalizada alegría dominical. Ya desde el niño era el día que amenazaba con el estreno de una nueva semana escolar.
Nada que intentara como distracción lograba borrar aquella ominosa sensación que solemos ubicar en la boca del estómago. Allá al final del día me esperaban las obligaciones: limpiar los zapatos, preparar los útiles y el uniforme, programar el despertador.

El lunes empezaba el domingo a las seis de la tarde. Ese padecimiento, una vez iniciado, nunca desaparece. Ni siquiera cuando, adultos, toca aportar nuestro granito de arena al índice de desempleo. Tampoco con la vejez, que es el domingo perpetuo (sustituya lunes por muerte). Antes que con la exploración sexual o el descubrimiento del dolor, me atrevo a afirmar que la pérdida de la inocencia llega con este fenómeno: la-conciencia-del día-domingo.

Los judíos dedican el sábado al rito y al descanso, con lo que se agencian adicionales veinticuatro horas de preparación para el primer día laboral de la semana. Los cristianos, históricamente mal asesorados, interpretaron que el afamado séptimo día correspondía al domingo. Esto lo explica todo. Miles de años después , cerca del paralelo 10 N y el meridiano 84 O, para más señas: San José , es el domingo cuando la otrora denominada clase media lava sus carros- estacionados mitad de la acera- a manguera abierta y al ritmo de merengue( la banda sonora del sub desarrollo). Es también el día de dosis cultural para los lectores de periódicos, que somos los nuevos iletrados.

Algo podemos argumentar en su defensa: es el día del fútbol, el deporte de Dios. Con esto procuro la simpatía de los fans de uno y devotos del otro o viceversa, Si bien no anula la incómoda promesa del lunes, entonar a coro los cantos del equipo de preferencia, saltando en el borde de las gradas, es una experiencia tan intransferible como las membresías del club Unión . Impávido ante el desprecio de los intelectuales-principalmente de izquierda-y los practicantes de deportes menores, el fútbol crece más rápido que la pobreza planetaria.
Como todo lo bueno de la vida, el fútbol del domingo se acaba. Pocas imágenes representan de manera tan fiel el abandono y la tristeza como la silenciosa y cabizbaja retirada de las barras después del partido. Los cada vez menos esporádicos brotes de violencia no son otra cosa que abandono y tristeza encauzados por vías heterodoxas. La desolación dominical.

El domingo, para colmo, posee una siniestra facultad: neutraliza feriados. Unos coinciden por culpa de los movimientos celestes; otros fruto de la intimidación de las brigadas de choque feministas ( día del Padre) o de la mencionada falta de malicia de la cristiandad ( Domingo de Ramos y Resurrección).
Pero nada de lo anterior es tan trágico. Nadie se muere por un domingo, aunque sí en domingo (otro ejemplo de día de día libre malogrado).
Con un mínimo de voluntad el domingo puede transcurrir ante nuestra indiferencia: un día entero añejos y en piyamas, con la tele encendida y en mute, tirados panza arriba en la cama tratando de inventar al niño que un domingo antes de las seis perdió la inocencia mientras lustraba con nugget sus zapatos ortopédicos.

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